sábado, 26 de julio de 2008

Faringitis /2/

La noche seguía inmovilizada y la garganta continuaba doliéndome; y por mucho que lo probaba,no conseguía abrir el tubo rojo conteniendo al menos dos pastillas anti-faringíticas en su interior;el tapón circular que las sellaba,continuaba empecinado en no emitir señales de descerramiento. Lo intenté varias veces más,haciendo girar el tapón por entre mi pulgar y el índice derechos unidos en circunferencia,pero resultó estéril; el envase giraba como inexplicablemente engrasado por entre mis dedos sin alterarse, incólume e indiferente en términos de obertura,a mis intentos para que se seccionara en dos. Me agoté de aquellas probaturas y con un gesto ràpido,de escolar, me llevé el tubo y el tapón asociado a él,a los labios; entonces,en un movimiento súbitamente aquietado,coloqué el tapón encima de los dientes incisivos inferiores,y poco a poco,con un mover pausado y cuidadoso de la mano que lo sostenía,fuí deslizándolo por la parte superior de la superficie dental para conseguir ubicar el punto de intersección entre el corpus del tubo y su parte móvil;entre la coraza de plástico y su tope deslizable de cierre. Invertí unos segundos en esta operación,palpando con los incisivos las zonas aledañas al tapón para dar con el punto exacto en que éste y el envase cilíndrico se unían;cerré los ojos para intensificar la concentración;esperaba oír un levísimo click,como el que se escenifica en las películas cuando alguien intenta abrir una caja fuerte y prueba y prueba con la numeración hasta que,el oído aplicado a la puerta de hierro colado de la caja,detecta un click y el rastrea-combinaciones abre los ojos y el rostro se le enciende en alborozo codicioso; pues así,de manera similar,en silencio concentrado, operaba yo en la quietud aguda de la noche,con un brazo arqueado y con el extremo del tubo encarnado de las pastillas moviéndose por la superfície escarpada de mis incisivios; emplée unos segundos más en esta operación,como un voluntarioso zahorí de discontinuidades plásticas,cuando al fin me pareció discernir con la punta del esmalte,la línea de separación entre el torax y el encéfalo del tubo. Abrí los ojos como activados por un resorte instántaneo,levanté los labios para que hubiera la menor fricción de resistencia posible y a continuación apreté con los dientes; hubo un momento de vacilación en la precisión de la colocación de la avanzada dental, pero tras algunas prospecciones fallidas,acerté de lleno con la ranura intersticial del envase y mis dientes se hundieron secamente en un lapso infinitesimal; simultaneamente se oyó un ruido sordo de desrenraízamiento plástico y el tapón sucumbió por completo a la acometida mandibular; me quedó entonces,suelto y libre entre los labios; instintivamente lo escupí y cayó rodando por encima de la mesa de la cocina hasta pararse al contacto de una bandeja con fruta,justo debajo la superfície abombada de un melocotón de piel oscuramente grana. Tomé nota de su emplazamiento y pasé a mirar el interior del tubo que seguía en mi mano ya descabezado.En sus profundidades,casi al final del envase,un poco inclinada hacia mi,fijada entre las paredes blancas circulares del tubo que parecían inmovilizarla,se apreciaban los laterales arqueados de la primera de las que yo creía dos pastillas anti-faríngiticas.Salivé un poco al apreciar sus contornos color de cal;en verdad,el cuello me dolía cada vez más y necesitaba apaciguar aquel crescendo de rasguños al esófago cuanto antes.

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