Faringitis /5/
La noche seguía meciéndose indolente hacia la madrugada y mi dedo índice derecho supuraba aprisionado entre las paredes circulares del tubo rojo que albergaba en su seno una retino-contrastada cantidad de pastillas de corte anti-faringítco (establecido que había una; con posibilidad concurriera una segunda; muy hipoteticamente se verían ambas acompañadas de una tercera ) . La garganta me continuaba urdiendo hacia la quejumbre cada vez que una porción de saliva resbalaba por entre su las paredes de su angosto desfiladero; pero en ese momento de noche ya macerada, el dolor en el esofágo, ese mismo dolor que había activado hacía una media hora los resortes de aquella noche de rasgos tan ampulosos, interrumpiendo con brusquedad mi mullido descanso, se había convertido en algo de índole secundario, de importancia menor, completamente solapado por la dolencia aguda, penetrante y sin fin que exhalaban los contornos de mi apéndice digital aprisionado en la insondabilidad del tubo. Levanté la mano, un poco aturdido por los pinchazos que sentía en mi carnosidad digital oprimida, y me fijé en la coloración opacamente granate que estaba adquiriendo el fragmento de índice que no se hallaba aprisionado en el cilindro y a la vez en la extraña figura que componían los pliegues de piel del dedo al apretujarse arrugados, en un súbito y acelerado remolino de contornos irregulares antes de ser tragados en un ejercicio imposible, por la boca del envase de plástico compacto. Movía a la incredulidad atendiendo al diámetro de ambos, dedo y recipiente, que el tubo rojo pudiera haber dado acomodo a la estructura ósea y dérmica del dedo ; pero así era, Y ahora mis tendones digitales se hallaban completamente inmovilizados y agarrotados, desprendiendo a cada momento,emisiones de dolor a un ritmo inquebrado y movidos irremisiblemente hacia una hinchazón progresiva, por momentos borboteante y sin retroceso. Devenía evidente que o rescataba sin dilaciones excesivas mi dedo de esa celda circular o empezaría a experimentar problemas notorios en su circuíto interno de aspersión sanguínea. Sin debatirlo más, aún sentado en el taburete resinoso de la cocina enfundada en silente atmósfera, aproximé mi mano izquierda al tubo de pastillas y lo así con fuerza entre todos mis dedos aprisionándolo en compacta formación de puño cerrado . Entonces erguí un poco la cabeza, me hice con circundantes expresiones de aire y con la mano izquieda tiré hacia atrás, imprimiendo tanta fuerza en la acción como fuí capaz de desarrollar, pero el tubo, que parecía adosado a mí anatomia con capas y capas de hormigón, no se movió ni desencasquilló un solo milímetro. Volví a intentarlo, dos tres cuatro veces seguidas pero el resultado perseveraba siendo el mismo; el cilindro no se desplazaba nada ni se movía nada y mi dedo permanecía en el mismo nivel de encriptación que antes de los intentos desatascadores. Levemente turbado ante una tal pérfida terquedad , me puse en pie y repetí la operación que acababa de pergeñar hacía unos segundos. Mi mano izquierda volvió a agarrar el cilindro y de nuevo tiré hacia atrás intentando insuflar tanto vigor a la operación desenraízadora como pude, pero el tubo seguía obstinado a no dejarse surcar por las imperiosidades de mi pulsión centrífuga . Lo intenté varias veces suplementarias ,apoyando incluso ambas manos unidas en mi estómago y doblando el tronco hacia adelante a fin de proyectar mayor empuje de fuerza descongestionante al cilindro, pero fue completamente en vano; toda la acción estuvo embebida de un inapelablemente alto grado de esterilidad ; mi dedo, que presentaba ahora una tonalidad de mate crepúsculo invernal, seguía cautivo, aislado del cosmos en las profundidades de esa cavidad claustrofóbica de mazmorra cilíndrica, opresiva y asfixiante en que se había convertido el tubo de pastillas rojo destinadas al combate de las afecciones leves de garganta.

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