domingo, 10 de agosto de 2008

Restaurante Mexicano en Barcelona

La semana pasada visité a un amigo en un hospital de Barcelona; había, él, sufrido una leve caída con la motocicleta con la que suele moverse por las vías de la ciudad y debía pasar 2 días en observación por una cuestión de vértebras; al parecer al caerse de la moto rodó unos metros por el suelo y su cuello golpeó contra algún objeto de contornos duros; quizá un trozo de desecho de obra (se estaban realizando unas reedificaciones en un inmueble cercano a ese punto y en la acera había un container con una montaña inestable, de tan alta. de restos de derribos) o una esquirla de adoquín;o cualquier otro objeto anónimo pero de naturaleza forzosamente compacta y dura porqué una vez ingresado le detectaron una contusión y una leve perforación en la base posterior del cuello. No parecía grave,y menos aún después de que el espectro de las radiografías descartara la rotura o fragmentación de vértebra alguna, pero los doctores insistieron en que debía pasar dos noches bajo observancia . Yo me acerqué a verle el segundo día (cuando le faltaban sólo unas 10 horas para poder irse a casa) y le hallé con el aspecto de siempre,estirado en perfecta sintonía con la cama mientras miraba un programa del corazón en el aparato de televisión que colgaba de la parte superior de la pared que le quedaba justo en frente, muy alta, casi enclavada en el techo. Más allá del lánguido batín blanco de paciente que exhibía, y de una breve curva de tirita que le rodeaba un lateral del cuello, apenas nada más remitía en él a la condición de convaleciente. Mi visita no se prolongó mucho porqué llegué un poco tarde, apenas cinco minutos antes de que le sirvieran la cena en una bandeja ocre compuesta de diversos platos, en uno de los cuales, (el de postre,de diámetro menor ), se elevaba escasamente tentadora una manzana de piel macilenta y máculas oscuras. Bueno,el caso es que viendo que era la hora de la cena, preferí no interceder mucho en la puntualidad de su régimen alimentario y empecé a formatear la idea de irme. Además, los hospitales y sus habitaciones en particular, con esa cama central que todo lo domina ,me ponen nervioso; no es que al entrar en una de ellas tenga ya la mano en el pomo de la puerta para abreviar trámites de salida; pero casi; y en última instancia mi amigo era tal pero tampoco formaba parte del núcleo sial de mis amistades. Así que un poco por todo eso en particular y también en su globalidad, decidí a los cinco minutos que la visita ya se había prolongado lo suficiente y después de despedirme abandoné el hospital.


Una vez fuera no supe exactamente qué hacer. Había quedado a las 22 30 y disponía de una hora muerta sin un cometido exacto.Podía invertir esa hora en ir a tomar algo en cualquier bar de los que se desparramaban por los alrededores del hospital; o a pesar de que no tenía mucha sensación de hambre,entrar en un restaurante y cenar; aunque cenar solo nunca me persuadió de sus bondades. No sabía por cuál de esas dos posibilidades decidirme, así que hice lo que suelo en estos casos de irresolución inextricable : mitigar la comezón laberíntica y paralizante de las dudas,andando. Enfilé unos pasos calle abajo y al son de mis pisadas sordas por los adoquines untados de la humedad de la noche canicular, decidí que descartaba cenar y que me limitaría a beber algo mientras ganaba tiempo a la cita y a la vez ,combatía la sed intensa que empezaba a sentir en ese bochornoso atardecer de verano.Por la calle, mientras inspeccionaba cada local al que flanqueaba para ultimar alguno que me convenciera, me cruzaba con grupos de turistas formados por dos,tres,cuatro,seis unidades,que se paraban escrutadores, ante los precios expuestos de los menus de los restaurantes.La atmósfera de la noche que se entraba era rica en vapor de agua y la mayoría de sus frentes brillaban al pasar por debajo del umbral iluminado de los escaparates y de las farolas; también algunos de ellos abanicaban con sus brazos el aire como intentando direccionar los segmentos de frescor que lograban arrancar, hacia sus rostros.Yo seguí andando unos metros más en dirección mar y crucé un par de semáforos. El sol se iba ocultando y las luces del alumbrado empezaban a dominar casi por completo, el escenario lumínico. Algunos taxis la mayoría de ellos con el verde centelleante y algunos autobuses casi vacíos, evolucionaban por entre los coches que salpicaban con muchísima más holgura que de costumbre,esa calle siempre atiborrada de vehículos. De vez en cuando, elevaba la vista y oteaba el horizonte urbano a la búsqueda de un bar donde tomar algo líquido con presteza porqué la sensación de sed devenía, por instantes, punzante. Finalmente,después de andar un breve trecho suplementario, me parecío distinguir a unos 10 metros el cartel exterior de una taberna de inspiración irlandesa y decidí que sería allí donde me aposentaría a efectos de mitigación de la sed y de mitigación del lapso de 56 min. que me separaba de las 22.30. Enfilé pues hacia el bar cuando a unos pocos metros de él, pasé por delante de la planta baja de un edificio dotado de unas vidrieras notables,que ocupaban varios metros y que rompían la uniformidad hierro-cementosa de las fachadas de la manzana. Miré en su interior y ví unas cuantas mesas apostadas por todo el local; cerca,a nada de los cristales, empezaba una barra que se torcía luego en forma de Ele abrupta y que ocupaba también la parte que me quedaba más alejada.El interior del local exhibía una luminosidad discreta y en su, para mi gusto, semi-penumbra, se veían algunos comensales instalados en algunas mesas y cenando envueltos en una calma absoluta, como si lo estuvieran haciendo en la superfície de la luna,con un sexto de gravedad tirando de sus cuerpos. Seguí mirando el local; al fondo se divisaba una planta superior a la cual se accedía por una escalera de metal situada en el flanco derecho.Una vez se superaba la escalera, aparecía otro comedor, suspendido por encima de la parte final de la barra.Desde el punto donde yo me hallaba se distinguían parte de sus mesas algunas de las cuales estaban ya en estado de ocupación y envueltas en actividad comestívora; y fue en ese momento, sin saber exactamente en respuesta a qué estímulo, que sentí unas galopantes ganas de formar parte de ese comedor elevado y de estar sentado ahí, en ese altiplano de metal, comiendo como esos ataráxicos comensales que veía a través de los cristales que parecían anestesiarlo todo, fundidos en la luminosidad vacilante del fondo del local. Dejé pasar unos segundos invocando un atemperamiento volitivo, pero los deseos de entrar se acrecentaron,como arrastrados por los fogosos mecanismos de una reacción en cadena;a cada momento los impulsos de entrar y cenar en ese restaurante, se enriquecían con tipos diversos de arrebatadoras imágenes;así me ví degustando manjares plácidamente en una de esas alzadas mesas, mientras observaría la calle en ebullición a través de las vidrieras desplegadas a todo horizonte, y mientras me apoyaría con brazo indolente en la barandilla que daba en caída libre,a la sala inferior. Dejé transitar unos segundos más, pero el crescendo magnético incitante que sentía hacia esa inesperada obertura cristálica de la pared, siguió. Y resolví finalmente entrar. Miré entonces un rótulo del local y descubrí que se trataba de un restaurante mexicano. Me gustó leerlo. Tenía un buen concepto de la cocina mexicana y hacía mucho que no había completado un ágape exclusivamente azteca, con lo que se me intensificaron más las ganas y sentí más tentanciones de deglutir alimento en ese irresistible palco elevado. Así que metabolicé finalmente todas esas nuevas y súbitas aportaciones de cambio de escenario y modifiqué velozmente de parecer; mi orden de prioridades se había invertido: ahora era tomar una cerveza en el local de inspiración celta lo que descartaba. Y pasaba a resolver que llenaría ese espacio de tiempo hasta las 22 30 cenando en ese restaurante mexicano con periscopio directo a la urbanidad desbocada de la calle céntrica en la que se ubicaba. Sí, estaba decidido; cenaría en ese local sobrevenido e irresistible a pesar de que no me gustaba nada efectuar ágape en una mesa envuelta en rasguñante soledad; y a pesar de que mi hipotálamo apenas me enviaba señales de apremio alimentador. Y mientras empujaba la puerta de hierro de acceso al establecimiento con este último pensamiento de la falta de apetito,representándoseme aún en su frescura en mi visor cerebral, me vino a la cabeza una frase perdida de Cien años de soledad; se daba una situación, creía recordar, de un arreglo de matrimonio y el futuro marido se resistía pusilánimemente argumentando que " No sabía amar " o "No sabía querer" y el interlocutor,como si sus tímpanos acabaran de escuchar la cosa más extravagante y ridícula del mundo le apostillaba tajante algo análogo a " Y? ;también a amar se aprende". Pues similar me forcé a pensar yo mientras superaba la puerta de hierro del restaurante,que se cerró sosegada y gradual a mis espaldas y mientras me encaminaba hacia la barra del fondo para solicitar una mesa para una única unidad comensal; era cierto que no tenía hambruna ninguna; pero también a sentir hambre se podía aprender.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio