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Una vez llegué al fondo de la sala, me saludó un camarero de pelo muy corto, bordeando en los laterales de su cabeza ahuevada el rapado al cero, que evolucionaba concentrado por detrás de una caja registradora.
-Una mesa para una persona- le dije.
-Sí-elevó la vista un momento, lanzó miradas a todo el comedor y al fin dijo-Te va bien aquí mismo?-mientras señalaba una mesa que quedaba justo a mis espaldas.
-Ummm- vacilé- preferiría una mesa en el comedor de arriba; es posible?
El chico salió de detrás de la barra y se colocó al pie de la escalera que conducía al comedor elevado. Entonces se dirigió a una camarera que estaba de pie dónde la ascensión de la escalera finalizaba,intercambiaron algunos apuntes gestuales que no descifré y finalmente la chica le transmitió un gesto afirmativo con el pulgar de una de sus manos El camarero se volvió a dirigir a mí:
-Sí, hay mesa libre en el comedor de arriba.
Yo esbocé apunte de sonrisa, salvé los pasos que me separaban de los primeros peldaños de la escalera y empecé a superarlos, encantado de que el comedor suspendido en el aire no estuviera lleno; de hecho tenía bastante decidido prescindir del ágape si la cena tenía que desarrollarse en la planta baja. La escalera era de metal y subía recta próxima a la pared.La compondrían unos 11 o 12 peldaños.Cuando la completé, apareció ante mi vista la plataforma donde se extendía el comedor superior que presentaba la casi totalidad de las mesas ocupadas. En ese momento,una segunda camarera, muy joven y muy delgada, de rasgos caribeños bien perfilados y con el pelo cortado también muy corto se dirigió a mí:
-Una mesa para cuántas personas?
-No, voy yo solo.
Entonces oteó el comedor y ante el estado de casi llenado de la sala, me señaló un rincón escorado al fondo que tocaba a la pared y que a su vez estaba anexo a la barandilla que a la manera de tope de un palco de teatro, daba directamente sobre el comedor de debajo. Yo profundicé mi esbozo de sonrisa porqué la mesa se erguía, junto con otras 3 o 4 ya llenas, justo en la línea de emplazamiento en la que me había visto cenando cuando contemplé el interior del restaurante desde la acera; una acera ya en ese momento, a buen seguro, barnizada por la humedad viscosa del crepusculo de agosto. La señalización de la mesa por parte de la camarera me reafirmó en resolutivo. De hecho se me habían extremado las exigencias y tenía apalabrado conmigo mismo irme, (o todo lo más inquirir por el largor de la profundidad de tiempo que me tocaría esperar) si la cena no podía desarrollarse en alguna de aquellas mesas apostadas en primera línea del refectorio suspendido. La chica entonces,con paso vivo , me acompañó hasta mi localidad y después de preguntarme en cuál de las 3 sillas que la rodeaban deseaba sentarme y yo indicárselo, la separó levemente y me invitó con gesto dactilar a la realización de la maniobra reclinadora. Yo desarrollé los debidos trámites de aposentamiento glúteal sin problemas y después de completarlos me hallé acondicionado con comodidad encima de la silla viendo como la camarera se alejaba de nuevo hacia la parte inicial de la escalera donde se ubicaba un pequeño ordenador que a la vez, presumí, podía ejercer de caja registradora. Desde la mesa,y con la espalda reconfortada apoyada prácticamente en la pared, disfrutaba de una perspectiva casi completa sobre los dos comedores.Mi mesa era pequeña. A mi lado izquierdo, bastante cercana, había otra más grande ocupada por dos parejas de turistas de unos largos cincuenta años. La mujer que me quedaba más próxima llevaba su pelo castaño cortado a la garçon, tenía unos grandes y esféricos ojos azules y por debajo del ángulo de la mesa se le desparramaban un tanto impetuosos, notables acúmulos adiposos. A pesar de ello,devenía obvio que debió ser guapa en su momento porqué sus facciones eran muy agradables con una boca de diseño impecable y sensual. A su lado, el que parecía con toda probabilidad ser su marido (de vez en cuando le frotaba con mano extendida, lenta y repetitiva, los contornos de sus hombros enrojecidos por el sol ) dominaba la conversación de la mesa. Exhibía un cráneo completamente rapado del que emanaban destellos encarnados al relumbre de las lámparas que colgaban del techo, y por debajo de sus gafas redondas se movían unos pequeños e inquietos ojos también azules,que desprendían un intenso brillo de supuración, posiblemente,en parte etiloide. Delante de ellos se sentaba la otra pareja, a la que apenas podía yo entrever. Me quedaba más cercano el hombre, voluminoso,de nuca montaraz, con una cabeza notable en dimensiones y muy densa en pelo. Hablaban en un tono medio, con momentáneas efusiones y risotadas y usaban una lengua escandivana que no era sueco. Probablemente eran noruegos; tal vez daneses. No había plato de comida alguno en su mesa y bebían los cuatro de unos vasos largos y anchos conteniendo lo que daba toda la impresión de ser gin-tonic. A mi lado derecho quedaba la barandilla y desde ella se dominaba el comedor inferior todo y las vidrieras y la calle en sincopada efervescencia de noche incipiente y vacacional. La barandilla estaba recubierta por un tubo de plástico enroscado sinuosamente que contenía diminutas lucecitas encendidas. Era un adorno que desentonaba un tanto, abiertamente kitsh e innecesario; pero apenas reparaba uno en él ante la amplitud de vistas que la plataforma erguida proporcionaba. También las lámparas del techo eran de encaje algo forzado,con unas ciertas pretensiones de art nouveau. Costaba mucho,sin comida aún en la mesa,rememorar que estabas en un restaurante mexica. Ni rastro del atrezzo que suele darse en estos casos; ni sombreros de mariachis,ni reproducciones de cactus del desierto de Sonora, ni pequeñas botellas de tequila ejerciendo de ceniceros, ni rancheras ambientando con su latigazo monocorde la sonoridad del restaurante. Era un poco extraño tal asepsia decorativa en fólclore y dí por sentado que el local podía ejercer las veces de cocktelería o bar de copas una vez finiquitado el horario de cocina. Mientras seguía observando, se acercó a mi mesa la camarera con la cual el empleado de barra había dialogado antes en código , y me depositó el menú encima de la mesa.Me preguntó si quería beber algo mientras esperaba la comida y le dije que una cerveza porqué a pesar de la ambientación fresca del local, la sed no se me había mitigado una fracción. Entonces me preguntó que cerveza quería porqué tenían de diversos tipos y procedencias. Yo elevé más la vista y me quedé súbitamente asombrado ante lo que mis ojos captaron; la camarera exhibía una belleza rutilante, esmeraldina, cardiopática; era como un foco de luz concentrada y cósmica, dorando de tonos irisados los hasta su irrupción en cercanía, tonos grises y aburridos del local. No parecía ser muy alta, pero se le perfilaba un rostro venusiano,con unos ojos grandes,vivos y azules y el pelo imponente y castaño, recogido,como una corriente fluvial del edén, hacia atrás. Hablada en tono más bien bajo,con un perceptible acento mexicano, de ribetes muy dulces. Sin duda era la camarera más guapa que había visto y costaba de entender que hacía ahí tomando notas en una ridícula libreta sobre el orígen y la clase de cerveza con la que los clientes deseaban lubricarse la tráquea. Ante una eclosión tal de densidad estética, me sentí por momentos con las sinapsis ralentizadas y torpes y le dije que escogiera ella misma la cerveza.
- Una Rectiezmo te parece bien? --me interpeló con su melífluo tono vocal.
-Sí,sí- acerté a verbalizar. Entonces tomó el apunte de mi petición y se dirigió en un giro de caderas tan dulce como su tonalidad de voz, hacia la caja registradora del inicio de la escalera. Yo la ví alejarse con su cadencia motriz suave y armoniosa y desvanecido su influjo de dríade zacateca por la distancia interpuesta, mientras se descomponían los cristales fascinantes de su embrujo y después de unos segundos de obligada descompresión, volví a fijarme en la eclosión detallística del restaurante.
-Una mesa para una persona- le dije.
-Sí-elevó la vista un momento, lanzó miradas a todo el comedor y al fin dijo-Te va bien aquí mismo?-mientras señalaba una mesa que quedaba justo a mis espaldas.
-Ummm- vacilé- preferiría una mesa en el comedor de arriba; es posible?
El chico salió de detrás de la barra y se colocó al pie de la escalera que conducía al comedor elevado. Entonces se dirigió a una camarera que estaba de pie dónde la ascensión de la escalera finalizaba,intercambiaron algunos apuntes gestuales que no descifré y finalmente la chica le transmitió un gesto afirmativo con el pulgar de una de sus manos El camarero se volvió a dirigir a mí:
-Sí, hay mesa libre en el comedor de arriba.
Yo esbocé apunte de sonrisa, salvé los pasos que me separaban de los primeros peldaños de la escalera y empecé a superarlos, encantado de que el comedor suspendido en el aire no estuviera lleno; de hecho tenía bastante decidido prescindir del ágape si la cena tenía que desarrollarse en la planta baja. La escalera era de metal y subía recta próxima a la pared.La compondrían unos 11 o 12 peldaños.Cuando la completé, apareció ante mi vista la plataforma donde se extendía el comedor superior que presentaba la casi totalidad de las mesas ocupadas. En ese momento,una segunda camarera, muy joven y muy delgada, de rasgos caribeños bien perfilados y con el pelo cortado también muy corto se dirigió a mí:
-Una mesa para cuántas personas?
-No, voy yo solo.
Entonces oteó el comedor y ante el estado de casi llenado de la sala, me señaló un rincón escorado al fondo que tocaba a la pared y que a su vez estaba anexo a la barandilla que a la manera de tope de un palco de teatro, daba directamente sobre el comedor de debajo. Yo profundicé mi esbozo de sonrisa porqué la mesa se erguía, junto con otras 3 o 4 ya llenas, justo en la línea de emplazamiento en la que me había visto cenando cuando contemplé el interior del restaurante desde la acera; una acera ya en ese momento, a buen seguro, barnizada por la humedad viscosa del crepusculo de agosto. La señalización de la mesa por parte de la camarera me reafirmó en resolutivo. De hecho se me habían extremado las exigencias y tenía apalabrado conmigo mismo irme, (o todo lo más inquirir por el largor de la profundidad de tiempo que me tocaría esperar) si la cena no podía desarrollarse en alguna de aquellas mesas apostadas en primera línea del refectorio suspendido. La chica entonces,con paso vivo , me acompañó hasta mi localidad y después de preguntarme en cuál de las 3 sillas que la rodeaban deseaba sentarme y yo indicárselo, la separó levemente y me invitó con gesto dactilar a la realización de la maniobra reclinadora. Yo desarrollé los debidos trámites de aposentamiento glúteal sin problemas y después de completarlos me hallé acondicionado con comodidad encima de la silla viendo como la camarera se alejaba de nuevo hacia la parte inicial de la escalera donde se ubicaba un pequeño ordenador que a la vez, presumí, podía ejercer de caja registradora. Desde la mesa,y con la espalda reconfortada apoyada prácticamente en la pared, disfrutaba de una perspectiva casi completa sobre los dos comedores.Mi mesa era pequeña. A mi lado izquierdo, bastante cercana, había otra más grande ocupada por dos parejas de turistas de unos largos cincuenta años. La mujer que me quedaba más próxima llevaba su pelo castaño cortado a la garçon, tenía unos grandes y esféricos ojos azules y por debajo del ángulo de la mesa se le desparramaban un tanto impetuosos, notables acúmulos adiposos. A pesar de ello,devenía obvio que debió ser guapa en su momento porqué sus facciones eran muy agradables con una boca de diseño impecable y sensual. A su lado, el que parecía con toda probabilidad ser su marido (de vez en cuando le frotaba con mano extendida, lenta y repetitiva, los contornos de sus hombros enrojecidos por el sol ) dominaba la conversación de la mesa. Exhibía un cráneo completamente rapado del que emanaban destellos encarnados al relumbre de las lámparas que colgaban del techo, y por debajo de sus gafas redondas se movían unos pequeños e inquietos ojos también azules,que desprendían un intenso brillo de supuración, posiblemente,en parte etiloide. Delante de ellos se sentaba la otra pareja, a la que apenas podía yo entrever. Me quedaba más cercano el hombre, voluminoso,de nuca montaraz, con una cabeza notable en dimensiones y muy densa en pelo. Hablaban en un tono medio, con momentáneas efusiones y risotadas y usaban una lengua escandivana que no era sueco. Probablemente eran noruegos; tal vez daneses. No había plato de comida alguno en su mesa y bebían los cuatro de unos vasos largos y anchos conteniendo lo que daba toda la impresión de ser gin-tonic. A mi lado derecho quedaba la barandilla y desde ella se dominaba el comedor inferior todo y las vidrieras y la calle en sincopada efervescencia de noche incipiente y vacacional. La barandilla estaba recubierta por un tubo de plástico enroscado sinuosamente que contenía diminutas lucecitas encendidas. Era un adorno que desentonaba un tanto, abiertamente kitsh e innecesario; pero apenas reparaba uno en él ante la amplitud de vistas que la plataforma erguida proporcionaba. También las lámparas del techo eran de encaje algo forzado,con unas ciertas pretensiones de art nouveau. Costaba mucho,sin comida aún en la mesa,rememorar que estabas en un restaurante mexica. Ni rastro del atrezzo que suele darse en estos casos; ni sombreros de mariachis,ni reproducciones de cactus del desierto de Sonora, ni pequeñas botellas de tequila ejerciendo de ceniceros, ni rancheras ambientando con su latigazo monocorde la sonoridad del restaurante. Era un poco extraño tal asepsia decorativa en fólclore y dí por sentado que el local podía ejercer las veces de cocktelería o bar de copas una vez finiquitado el horario de cocina. Mientras seguía observando, se acercó a mi mesa la camarera con la cual el empleado de barra había dialogado antes en código , y me depositó el menú encima de la mesa.Me preguntó si quería beber algo mientras esperaba la comida y le dije que una cerveza porqué a pesar de la ambientación fresca del local, la sed no se me había mitigado una fracción. Entonces me preguntó que cerveza quería porqué tenían de diversos tipos y procedencias. Yo elevé más la vista y me quedé súbitamente asombrado ante lo que mis ojos captaron; la camarera exhibía una belleza rutilante, esmeraldina, cardiopática; era como un foco de luz concentrada y cósmica, dorando de tonos irisados los hasta su irrupción en cercanía, tonos grises y aburridos del local. No parecía ser muy alta, pero se le perfilaba un rostro venusiano,con unos ojos grandes,vivos y azules y el pelo imponente y castaño, recogido,como una corriente fluvial del edén, hacia atrás. Hablada en tono más bien bajo,con un perceptible acento mexicano, de ribetes muy dulces. Sin duda era la camarera más guapa que había visto y costaba de entender que hacía ahí tomando notas en una ridícula libreta sobre el orígen y la clase de cerveza con la que los clientes deseaban lubricarse la tráquea. Ante una eclosión tal de densidad estética, me sentí por momentos con las sinapsis ralentizadas y torpes y le dije que escogiera ella misma la cerveza.
- Una Rectiezmo te parece bien? --me interpeló con su melífluo tono vocal.
-Sí,sí- acerté a verbalizar. Entonces tomó el apunte de mi petición y se dirigió en un giro de caderas tan dulce como su tonalidad de voz, hacia la caja registradora del inicio de la escalera. Yo la ví alejarse con su cadencia motriz suave y armoniosa y desvanecido su influjo de dríade zacateca por la distancia interpuesta, mientras se descomponían los cristales fascinantes de su embrujo y después de unos segundos de obligada descompresión, volví a fijarme en la eclosión detallística del restaurante.

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