miércoles, 27 de agosto de 2008

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Escorado al fondo a mi izquierda, un numeroso grupo de turistas, en torno a una decena, jóvenes y ruidosos, cenaban despreocupadamente.A menudo interrumpían la atmósfera de contención decibélica del comedor, con carcajadas abiertamente contagiosas ; primero hendía la atmosfera una risotada y al acto se le unía otra y luego varias más en tropel y sobrepuestas.También ocasionalmente, desde las posiciones que ocupaban, salpicaba la pausada iluminación del entorno algún destello de flash de cámara de inmortalizaciñon de momentos; transmitían la impresión de estar celebrando algo ;quizá un aniversario porqué por momentos se elevó un chapucero cántico sincopado y quebrado que desde la distancia remitía al Happy birthday. El resto de mesas estaban ocupadas por parejas que cenaban pausada y tranquilamente. A dos metros de mí, siguiendo la barandilla cenaba una de ellas. Por el movimiento de los labios de la chica, que era la que me quedaba de frente, y por su gestualidad facial , devenía evidente que, entre aproximación de comida a la boca y aproximación de comida a la boca, soliloqueaba con el chico que tenía delante y al cual yo solo veía de espaldas; pero la sonoridad de su conversar no trascendía el perímetro más ceñido de su ubicación: era imposible detectar uno solo de sus diptongos hablados.El comedor elevado, recogido y tomado por una luminiscencia suave y envolvente, parecía generar una atmósfera de nido apartado y cálido, propicio a la búsqueda de intimidad comunicativa interparejal. Creí por momentos, ser el único presente que cenaba solo, pero al final descubrí un poco al fondo y bastante cerca de donde carcajeaban los turistas, una mesa con la figura de un un agazapado comensal también solitario. Era un hombre de mediana edad, de cabellos lánguidos y ya blanquecinos, peinados hacia un lado, intentando en su forzada extensión abarcar tanta superfície deshabitada de cráneo como fuera posible; de vez en cuando,elevaba la vista del plato y lanzaba, con ojos intensamente escrutadores, miradas oblícuas a derecha e izquierda escaneando densamente el entorno, como si verificara que nadie le estaba siguiendo las masticaciones, o que nadie hubiera reparado en él más de la cuenta; por su expresión facial al proyectar cada vistazo, emitía la impresión que tal posibilidad le aterraba. En uno de estos envites de pupila, nuestras miradas confluyeron un instante y él apartó los ojos rápidamente para sumergirse de nuevo en las entrañas de su plato; pero pasados unos segundos, volvió a elevar la vista, como buscando cercionamento de que ya había dejado de efectuarle presión ocular. Y mientras todo esto pasaba, ví acercarse a mí, con paso sinfónico, a la camarera de los ojos azules. Traía en las manos una botella transparente de cerveza y una rechoncha copa de vidrio, que depositó en mi mesa mientras componía un principio de sonrisa que dejó traslucir el alineamento impecable de las piezas delanteras su complejo bucal. Luego extrajo del bolsillo del delantal azul marino que llevaba ajustado un abridor y descerrejó con suavidad la chapa de la botella que colocó en otro de los bolsillos. Después elevó la botella y vertió tres o cuatro borbotones del líquido ámbar en la copa silente hasta dejarla a la mitad de su capacidad; entonces devolvió la botella a la llanura de la superfície de la mesa y me miró con sus dos esferas cerúleas que parecían tener el poder de atravesar el aluminio :



-Has decidido ya?- me preguntó indicándome con un dedo extendido, las tapas verdes de la carta de platos que yacía intacta en mi mesa.



Yo tardé un tanto en reaccionar, sin entender muy bien qué me estaba pidiendo ni por qué de los aposentos de su ceñido delantal azul oscuro, había vuelto a hacerse con la libreta de antes y había adoptado posición anotadora con un bolígrafo sonsacado de entre las anillas del cuaderno Por momentos me había olvidado de la carta de los platos y de que estaba en un restaurante y que debía seleccionar algo para comer de entre aquellas páginas ciclostiladas que ella me había pasado hacía unos minutos.Era obvio que mis esfuerzos por autoinsuflarme hambre estaban fracasando. Por añadidura, tenía que continuar haciendo esfuerzos considerables para ubicar a esa cariátide turbadora en el terrenal papel de interrogadora sobre comidas a ingurgitar.



-Ummm,pues aún no he decidido nada-acerté finalmente a deslizar-te lo digo en dos minutos,vale?



La belleza mareadora del rostro de la chica se contrajo un poco en señal de extrañeza, pero finalmente asintió, se volvió a guardar el bolígrafo y la libreta en los departamentos laterales de su delantal, dió media vuelta y se retiró silenciosa. Sin atreverme a mirar muy rectílineamente, mis ojos siguieron con mediana intensidad focal, su sinuosa trayectoria alejadora hacia la parte más interior del comedor. Los cabellos castaños le caían en una perfecta cascada comprimida por encima de los hombros, cubiertos con una camiseta blanca por debajo de las tiras del delantal, componiendo tambien ese reverso una idílica composición carno-poética que me dejó en zarandeo anímico. Inclinado levemente hacia la mesa, permanecí absorto, lánguido, ante la fuerza del campo gravitatorio que su estela había dejado en la atmósfera de la plataforma elevada. Pasé unos segundos instalado en este sopor de envuelo estético cuando una nueva salva de carcajadas de los turistas revoltosos del fondo del comedor me reubicó nuevamente en la naturaleza del marco en que me hallaba. Entonces desperecé mis cervicales de su posición un tanto ya anquilosada, me recliné ampliamente en el respaldo de la silla y dí sin excesivo afán (arrastrado por el curso de los acontecimientos la sensación de sed también se me había diluído) los primeros sorbos a la cerveza que destellaba dorada en la copa. A pesar de la menguada sensación de sed, encontré el brebaje intenso de sabor y de alta capacidad humidificante y sorbí repetidamente, sin grandes intervalos, hasta dejar la copa casi allanada en el vacío. Me serví entonces la otra mitad y dejé la botella de nuevo en vertical en la mesa, mientras observaba por un momento en su fondo, aprisionadas entre el vidrio claro de la botella, las caprichosas formas geométricas, bicolor e ingrávidas, que la espuma componía en la parte superior de los dos dedos de cerveza que aún quedaban....

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