lunes, 1 de septiembre de 2008

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Permanecí unos segundos observando el fondo de la botella de cerveza, con las caleidoscópicas formas que la espuma de cerveza le imprimía y después abrí la carta del menú, y por vez primera vez desde que había entrado en el restaurante, pasé a intentar concentrarme en la idea de la cena y de la comida y de los platos que la constituirían. La lectura de la carta me devolvió a la noción casi olvidada de que me hallaba en un restaurante mexicano, porqué la totalidad de sus elegibilidades eran de inspiración gastronómica azteca. Releí el cuadro de primeros y segundos platos unas cuantas veces y me resultó difícil concretar en selección; agravaba mi deslizamiento a la vacilación el hecho de que había además,algunos términos culinarios que se escapaban a mi comprensión. Así que formateé una idea general sobre lo que tomaría,descartando unos siete u ocho preparados por plato y quedándome con una preselección de 3 y 3 por estadio, pendientes dos de ellos (un primer y un segundo)de aclaración posterior en relación a la naturaleza de sus ingredientes y al proceso de su confección .Luego cerré la carta del menú y la deposité otra vez encima de la mesa. El comedor permanecía instalado en la atmósfera de rutina consolidada de cuando había entrado. A mi lado, las 2 parejas escandinavas seguían con ojos cada vez más brillantes, sorbiendo el brebaje traslúcido que chispeaba en el interior de cada uno de sus vasos y hablando en un tono de voz discreto, casi camuflado. Era bonito ver a las burbujas de sus tónicas dispararse de la nada hacia arriba, y recorrer, superando los contornos amarillos de la limpísima rodaja de limón, todo el espesor traslúcido de la bebida hasta evaporarse en su superfície, sólo para ser sustuídas en un eterno retorno burbujeante, por otras que se propulsaban otra vez desde las profundidades del vaso. El hombre de la cabeza rapada y bronceada que me quedaba a primera visualización ,continuaba ejercitando el papel de conductor de la conversación, y entre párrafo hablado y párrafo hablado, perseveraba en la acción de deslizar su mano sobre los hombros desnudos de su mujer de grandes ojos azules que se estremecía con leve sonrisa al notarla; muy de vez en cuando los 4 al unísono, componían una carcajada escasamente sonora y que moría muy poco después de haberse iniciado. Al fondo, el comensal solitario, seguía inclinado hacia las oscilaciones del contenido de su plato y a cada regular intervalo, su cabeza se elevaba y de nuevo escrutaba el entorno como un radar programado; y a pocos metros de él, de vez en cuando,seguían atronando las carcajadas de los turistas celebrativos. De pronto,mientras seguía oteando ya más indolente el resto del comedor, noté una inesperada y seca vibración en el bolsillo del pantalón que hizo moverme de la silla; por una milésima no logré asociar a nada conocido aquella descarga y me sobresalté casi sacudido corporalmente; entonces me llevé con rapidez la mano al bolsillo y ésta chocó con una superfície de contornos pétreos e irregulares, que me reubicó; había recibido un aviso al móvil;un móvil que muy pocas veces llevo encima y aún menos en el bolsillo del pantalón y aún menos permanentemente conectado; de ahí que me desconcertara el zarandeo al muslo desde el bolsillo del pantalón.Entonces rescaté el teléfono de entre la caverna de los tejidos en donde lo había depositado, ahora recordaba, antes de entrar al hospital a ver al convaleciente de mi amigo, y pasé a mirar su pantalla a la búsqueda de la naturaleza del aviso;se trataba de un mensaje.Con par de tecleos logré descerrajarlo y esperé a que se desplegara. Su texto me sorprendió:



"Bien,al final te lo diré;resulta que me gustas;ya está;ya te lo he dicho..." Astrid.



Releí el texto par de veces ; luego cerré el móvil y me lo guardé en el bolsillo de la camisa.Me puse a pensar en el contenido y en el factor de complicación de escenario que aquello suponía;a mí su emitente también me gustaba; pero también me gustaba la persona con quién debía quedar a las 22 30;y otra con quién cenaría el viernes siguiente;y por supuesto,la camarera de los ojos azules a la que acababa de ver por vez inciática, no conocía de nada y con la que sólo me unía el compartir residencia en un mismo cuerpo astral...Me sentí zarandeado y pasto de las dudas; por momentos,éstas se me acumulaban en un pérfido crescendo: dudaba sobre qué tomar como primer y segundo plato para cenar en aquél híbrido restaurante mexicano, qué vía sentimental enfilar, qué responder al mensaje que acababa de recibir y qué términos usar para amortiguar o desencadenar la situación a venir en relación a su enviadora...Ante tal alud de incertezas, noté que me fallaba la hemoglobina y en un gesto instintivo llevé mi mano a la copa de cristal e hicé ademán de beber de ella a pesar de saber que estaba vacía; permanecí con la copa elevada unos segundos intentando dejar la mente a ras de dudas, sin pensar en nada, mirando el techo gris oscuro del local mientras un cansino hilo de espuma se deslizaba mansamente por las paredes de la copa y venía a untarme de remota humedad reblandecida los labios....

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