domingo, 28 de marzo de 2010

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Yo permanecía de pie, apoyada al completo mi espalda en la pared mugrienta del bar mugriento de Calvi, mientras notaba en fase ascendente, como en la oreja dónde tenía acoplado el aurícular mugroso del embadurnado teléfono, me borboteaba de calor. De vez en cuando conducía el teléfono con gesto veloz al otro lateral de mi cabeza y lo ubicaba en mi oído izquierdo para desentumedecer y refrigerar el lóbulo borboteante anverso. Pero por instinto, pasados unos segundos, volvía a emplazar el aurícular en el oído derecho, plataforma auditiva desde la cual había seguido la totalidad de mis conversaciones telefónicas desde inmemorial. A mi circuir, el bar permanecía sumido en la atmósfera indolente y apelmazada con la que me había topado al entrar. En la semi distancia, el camarero de cabeza prominente, continuaba en su posición absorta, totalmente focalizada su perceptividad en las líneas del periódico de deportes que tenía inmovilizado entre las manos. A su alrededor revoloteaban algunas moscas que de vez en cuando detenían su vuelo elíptico para posarse en algúna coordenada de su cuerpo tumefacto sin que el hombre se sintiera conmovido por ello en lo más mínimo. Nada turbaba su obcecación lectora. Y a escaso de mí, siguiendo las erupciones constructivas irregulares de la pared, la espalda larguirucha y hierática del único cliente del local, seguía irguiéndose desde la laxitud de la silla en la que vegetaba. Parecía que el tiempo se hubiera detenido en aquella bocanada de local soterrado y que de esa manto de parálisis brotase una permanente emulsión de imagen gelatinosamente petrificada. Sin embargo, al otro lado del conducto teléfonico seguía desarrollándose una actividad convulsa y frenética. Ramón el guía perseveraba en su desenfrenado huracán de expulsión de verbo, violento e imposible de domescitar. Y a mí, su feroz látigo verbal iba progresivamente dejándome de dañar el tímpano. Era como si a fuerza de recibir sus impías paladas léxica, algo se hubiera ido desarrollando en mi organismo que me blindaba la capacidad de aguante.Y de continuo, reverberando de fondo, destellaba el factor aglutinante y explicativo de todo aquello: Raquel. El guía se había referido a ella y era muy probable que en algún momento de su ejección de verbo iteraría mención a ella. Y sólo por concurrir la posibilidad de oír de nuevo ese nombre, ni que fuese a través de la boca deformada y en trance del guía me contibuaba admitiendo dispuesto a encajar toda la penitencia verbal previa que fuera necesario.....

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