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En ese punto desconocía cómo proceder: si abandonar el bar o quedarme. Hacía mucho rato que no había ingerido liquideces y el día se había desarrollado bajo las envolvencias de un calor nada desdeñable. Noté como la garganta empezaba a deshacerse en pliegues, desde cada uno de los cuales aúllaba una amontonada sensación de sed. A la vez, se formateaba cierto espectro de hambre en mi estómago, inabastecido también desde hacía dilatado. Sin embargo, la posibilidad de deglutir algo sólido en ese bar de expansivas pegajosidades, que a la manera de los tentáculos de una yedra intrusiva, se extendía por todo lo alcanzable, exigía una reflexión mucho más amplia. Medité unos segundos y finalizando, hice un primer paso hacia la salida creyendo apostar enconadamente por la opción de irme sin tomar nada. Pero al proyectar mi cuerpo hacia adelante, incrustándolo, por primera vez en mucho rato, en una onda de movimiento global, el hipotálamo pareció accionarse y me despachó una descarga de redoblada sensación de sed, lo que me instó a volver, algo confuso, sobre mis pasos.Me detuve de nuevo ante el teléfono y reabrí el análisis previo sobre si permanecer o irme. A favor de quedarme deprecaba la necesidad de aplacar los aguijonazos de la sed ahora intensificados; y laminando esa posibilidad actuaba la apabullante presencia de esa litosfera grasienta e insana del local.Era accesible pensar que si en el espacio destinado al usufructo de los clientes las ramificaciones de tejido oleaginoso eran ya tan perceptibles, que no ocurriría en los aposentos recónditos? En esa cocina por ejemplo, donde deberían guisarse ese par de hipotéticos huevos fritos que yo me aprestaría a solicitar para descomponer la sensación de oquedad estomacal; en esa cocina precisamente, desde la cual era fácil imaginar que irradiaba todo el polen de grasa que embadurnaba cada contorno...me encontré, sin planearlo, atrapado en un debate interno cuyas disquisiciones se autoenvolvían en un encadenado sin ninguna resolución definitiva.Por instantes se imponía la idea de irme, pero al poco pensaba en el incordio de la sed y deseaba quedarme para aplacarla; resolvía que sí, que me decantaría por esa selección, pero a continuación algo me ponía sobre la pista del hambre que también estaba sintiendo y que exigía un tumbar rápido con lo que parecía seducirme el escenario de acompañar la bebida con algo comestible;pero entonces recordaba la condición de vergel grasiento de toda la instalación y el rocío ocre que todo lo envolvía y apostaba por irme. Pero cuando ya había asumido que me ausentaba y me movía para arrancar el paso, el hipotálamo se volvía a activar, y nuevamente me alcanzaba su onda de sed en cascada y entonces pensaba que debía quedarme, aunque sólo fuese para embeber algo, exactamente como ya había determinado en la primera opción Apesadumbrado, me dí cuenta que estaba volviendo al punto de partida de hacía unos segundos. Y que no era un atracadero estable puesto que el ciclo dubitativo de las 3 secciones iniciaba de nuevo su girar,,, empezaba atragantárseme ese módulo de alta irresolución en el que me estaba insiriendo e intenté abstraerme de ese diálogo interno fijándome en algo exterior, ajeno a mis disquisiciones. A tal efecto, giré levemente la cabeza y topé de inmediato con el teléfono, que con su chasis cochambroso y las 4 líneas que yo le había practicado con la madera, seguía enmudecido en la pared, macerado en un delicioso silencio. Distraídamente, mientras dentro de mí seguía el interregno de la idea de irme para dar peldaño a la de permanecer en su versión Uno, la de sólo bebida, alcé el aurícular buscando consolidar ese desvío de atención y descompresionar el espiral dubitativo que amenazaba con tensionarme. Y fue al acto de descolgar el teléfono, cuando la voz de Ramón volvió a surgir, como un chorro vocal eterno, de las entrañas del aparato. Desde el otro lado de la línea, el guía seguía perorando con el mismo tono exaltado de antes, y sobre la misma temática de antes, exactamente igual a como si yo jamás hubiera colgado el aparato.Entendí abrumado, que no se había enterado de mi desconexión y que su rapto hablante, que seguía desgañitándose a todo vigor y en crescendo, no había ni siquiera alcanzado el punto intermedio. Apesadumbrado por el retorno de lo que creía ya sepultado en los confines de lo pretérito, efectué un leve ladeo y miré la pantalla del teléfono que al descolgar el auricular había recobrado su luminosidad. Observé que seguía indicando un remanente de 10 céntimos. La aparición de nuevo de Ramón el guía y de su diluvio verbal y de la cifra embalsamada de 10 céntimos adscrita a toda esa escena , me hicieron decantar el debate interno sobre si irme o quedarme claramente hacia la opción de irme. Por momentos sentí unas inmensas ganas de distanciarme de aquel ángulo de mundo donde la grasa parecía ejercer un poderoso campo magnético que capturaba los momentos....

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