lunes, 14 de septiembre de 2009

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A mí, todavía el aurícular sostenido a un centímetro del oído, me generaba intensas olas de perplejidad lo que estaba acaeciendo; Ramón el guía, había entrado de lleno en una de sus raptos de paroxismo verbal en el desarrollo de los cuales, enlazando detalle con detalle, era capaz de remontarse a la pormenorización de las aristas del barro configurativo de Adán y Eva; yo ya había asistido con anterioridad a alguno de esos episodios de torrencialidad verbal desbordada, que por momentos parecía aspirar todo a su entorno y que solían seguir idéntico desarrollo;al inicio Ramón pronunciaba un par de frases con normalidad, de silabeo y dimensiones convencionales;la tercera oración sin embargo, y no fallaba nunca, venía afectada ya por un perceptible incremento de extensión;luego como si intervienera una fuerza de sensata retracción, se producía un vuelco hacia la situación inicial y Ramón parecía volver al punto de partida, pasando a verbalizar 5 o 6 observaciones nuevamente de perfiles normales;y era justamente al final de la última de este tercer grupo de frases, cuando al guía se le interrumpía el flujo verbal de manera abrupta, en una acción similar a si hubiera decidido cerrar en seco la espita de acceso al depósito desde donde se dotaba de palabras; a continuación, se sumergía en las brumas de un silencio intenso y monolítico, al tiempo que todo su rostro se transformaba velozmente, configurando una temblorosa torsión que parecía conducir el centro de gravedad de la cara hacia uno de sus laterales;simultanéamente, absorto del mundo, el guía alzaba la vista hacia el techo y la depositaba en un punto concreto que él parecía seleccionar en respuesta a algún factor totalmente insondable, de análisis particular;entonces, aún envuelto en denso silencio, dejaba transcurrir unos segundos, rostritorcido y vistafija en esta posición, hasta que en un momento acotado, empezaba a detectarse movimiento de rotación en su cuello; Ramón entonces, en un leve rechinar de huesos deslubricados, como si sus cervicales estuvieran acopladas a unas resecas bisagras,movía a paso lento la cabeza de izquierda a derecha y de nuevo, de derecha a izquierda dos o tres veces, la vista aún clavada en el punto concreto del techo;a la vez, y tampoco dejaba nunca esto de concurrir, un leve hilo de saliva goteaba larguiruchamente por el extremo de la comisura de la boca hacia la cual la cabeza se había ladeado;y franqueada esta fase, se producía la detonación;el guía en gesto ya rápido, pasaba a desenganchar la vista del techo, recuperando la centralidad del cráneo y su rostro se desentumedecía rápidamente, retornando a la expresión de los inicios; poco después, Ramón se erguía completamente y de las profundidades de su estómago dejaba emanar largo y penetrante, un sonido agudo, de claros perfiles zoofónicos, similar a un graznido de ave desconocida y cuya metálica estridencia agujereante parecía erigirse en la indicación para el desencadenamiento del alud de frases que pasaba, a partir de ese momento, a emanar de su boca en chorro frenético e inabordable; era un espéctaculo increíble, espeluznante y magnético a la vez; y casi siempre respetaba ese guión de desarrollo; al menos en las ocasiones en las que yo lo había podido ver;esta vez sin embargo- pensé mientras seguía él al otro lado del teléfono con su frenético soliloquio autista y caudaloso- yo no había escuchado el estridente aullido del pistoletazo de salida; ni había detectado el silencio previo en el que Ramón establecía la mirada en el techo;quizá todo eso se había producido antes, mientras el guía discutía con el encargado del hotel por el tema del recargo de la piscina y mi llamada se había producido en el epicentro de la vorágine;era algo que no se podía descartar;el tiempo caluroso exacerbaba la posibilidad de esas vehemencias y el día había amanecido elevado de temperatura, al igual que los dos previos, que habían sido puro bochorno acumulado;o podía sucecer también que Ramón hubiera introducido modificaciones en el modus operandi y que ya no necesitara ni de la etapa de concentración mirando al techo ni del graznido corvino para desencadenar sus riadas de verbo;era algo que me resultaba imposible de saber en ese momento; lo que era seguro era que el guía, a través de las cochambrosas líneas del teléfono del bar corso, me seguía interlocutando abducido, en plena fragosidad de su aguda hemorragia verbal....

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