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El teléfono verdinegro,con su voluminoso perímetro de ángulos perfilados desparramándose mustio por la verticalidad de la pared, surgió así ante mí con los contornos de una semi-aparición; mientras seguía observando sus anacrónicos perfiles, intenté recordar cuánto tiempo hacía que no hablaba a través de un artefacto de esa índole; desde luego, hacía mucho; me impliqué entonces en probar de delimitar mejor ese cuadro sinóptico de última llamada efectuada por teléfono público convencional, y al cabo de poco, dí con qué había sabido identificar las que con factibilidad, habían sido las dos últimas; lo que sin embargo no me aparecía conspicuo era el orden cronológico en qué se habían desarrollado: cuál de ellas fue primera y cuál devino posterior; sabía que era un dato no dotado de excesiva trascendencia, pero a pesar de ello me envolví en ciertos esfuerzos recordatorios por intentar extraer ese doble encuadramiento en el tiempo; la primera de las llamadas que delimité tuvo lugar en Córcega en el curso de unas vacaciones de Semana Santa, hacía unos seis o siete años y era ya en plena época de aspersión de los móviles;yo había llevado el mío conmigo y durante los primeros días operé con él con total normalidad; la mañana del último día, me separé del grupo con el que viajaba y partiendo de la bahía de Calvi, hice una breve excursión de bajura en un bote turístico que bordeaba unas millas la costa; mientras observaba, sentado en un rincón de la popa, la aturdidora belleza de un mediterráneo inabarcable en su azul destellante, recibí un mensaje al móvil; mecánicamente, sin poder desencuadernar la vista de la estela blanca gris burbujeante que el bote creaba en la superficie acuática, tomé el móvil con mano distraida y me dispuse a descerrejar la comunicación entrada; pero debí actuar algo torpemente, porqué al trazar la curva con el brazo a efectos de colocar la pantalla ante mis ojos, que seguían insaciables el espectáculo del azul cisurado por el desplazarse del bote, el móvil se me deslizó de las manos y cayó al mar; fue un segundo, un lapso ínfimo en el que a pesar del estado de abstracción observador del que forzosamente tuve que evadirme y del ruido zarrapastroso del motor cercano, pude distinguir el impacto, atenuado, débil y fugaz del móvil al chocar con la superficie acuosa; al instante, hice amagatoria de levantarme, como si con ello pudiera lograr algo, pero desistí ante lo estéril de tal trazada acción y volví a sentarme, avizorando con ojos entrecerrados por el fulgor del sol, como el círculo de superficie marina que se había tragado el móvil, se hacía cada vez más y más diminuto hasta difuminarse por completo con la inmensa brazada marina; jamás supe quién fue el remitente de ese mensaje ni menos aún, qué venía en él; algunas veces fantaseé con la idea de unos pescadores corsos de rostro oscuro y venosos brazos, encorvados sobre la superficie de un consumido bote de pesca, extrayendo fatigosamente del agua una raída red de pesca, en cuyo interior, entre capas de peces y expresiones marinas de todas clases danzando frenéticos, darían con un extraño objeto de plástico duro, recubierto por algunas diminutas dorsales de sal petrificada y salpicado de incipientes expresiones de coral rojizo; imaginé después un cielo anocheciendo y al bote rebosante de pesca, regresando tranquilo al puerto, y a un marino de espesa barba cana, electricista de cabaret en su juventud parisina, sentado aislado en un rincón solitario del barco bajo el fulgor escuálido de una lámpara mortecina; ante el pescador se elevaría una mesa de madera, destartalada y carcomida, en cuya superficie, abierto por la mitad y mostrando sus entrañas, estaría mi móvil perdido; el pescador intentaría, con gesto ceñudo y manejando un destornillador con el vértice del plástico de sujeción mordisqueado, aplicar al artilugio un by-pass agónico que lo devolviera a la funcionalidad; el marino, con su surcada frente fija en el miocardio del artilugio, probaría varias veces de completar el by-pass, sin resultado; pero coincidiendo con la irrupción de las primeras luces del puerto, el destornillador conseguiría al fin, enlazar dos partes micróscopicas de chip, drenar la sal acumulada en él y el móvil volvería a emitir un leve latido; poco después el bote de pesca atracaría en el puerto, y una figura delgada y encorvada, se perdería al poco por sus callejuelas, buscando la primera taberna, con un destello de recobrada luz en uno de los bolsillos de su agujereado capote; al día siguiente a media mañana, yo recibiría una llamada de un interlocutor, que con timbre ronco, algo quebrado, me preguntaría en un francés de marcada impronta corsa : " Perdió Usted un teléfono móvil en las hondanadas marinas cercanas a Calvi? ".

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