martes, 6 de enero de 2009

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Tal como había previsto, tan pronto como la chica de los ojos inyectados en azul se fue retirando de mi cercanía, reparecieron en la bóveda interior de mi módulo bucal los retortijones de resquemor producidos por el pimiento jalapeño; y de nuevo, tal como había hecho con anterioridad, desplacé la mano y con gesto argumentativamente invertebrado, tomé la copa abdomenada de cerveza que moraba en mi mesa y la acerqué a mis labios. Mientras la elevaba con cierta rapidez y pasaba a adosar la curva de su perímetro superior a mis primeras estribaciones bucales, constaté de nuevo y a través de la transparencia de su cristal, que la única expresión de liquidez que contenía la copa era un breve poso de espuma, blancuzco e ínfimo que se adelgazaba agónicamente a medida que la inclinación vertical del cristal la empelía hacia mis labios entreabiertos; la mancha de espuma se fue expandiendo lenta y morosamente hasta que su avanzadilla desapareció,a la manera de un aplanado cefalópodo albo, de mi vista; sostuve lo que me parecieron unos segundos más, esta formulación de gesto, hasta que noté un goteo escaso y de nulo valor humidificante cayendo contra la superficie de mi lengua que seguía recibiendo las descargas candentes de esencia de jalapeño y que parecían estar diseminadas por toda ella. Con los ojos, por efecto de la elevación de cabeza, posados en el techo, tardé muy poco en verificar la esterilidad completa de aquella acción; el hilo de espuma apenas aportaba liquidez y el escozor en la boca continuaba instalado en la misma impertérrita agudeza de antes; no me quedó otra que anular la operación y devolví la copa a la mesa, con lo que mis labios, al desaparecer los bordes de cristal de la copa de entre sus intersticios, volvieron a cerrarse, por un breve momento,a la manera de dos mansas compuertas. Entonces barrunté cuánto podía tardar la chica en regresar con la botella del agua de Vichy; lancé una ansiosa mirada hacia la escalera para ver si alguna de las dos camareras la estaba remontando portando mi encargo de liquidez, pero para mi desazón, los escalones aparecían desprovistos de toda presencia antropoforma. Hice un cálculo rápido e inferí que en el mejor de los casos el agua tardaría dos o tres minutos en obrar en mi mesa y la cifra me pareció desproporcionadamente lejana, completamente inasumible, porqué el picor seguía intenso, incólume al paso del los minutos; era como si aquel picor en lugar de ser un fenómeno sujeto a un proceso de inicio-final, dispusiese por contra de un mecanismo acumulador que amontonara intactas en cuanto a agresividad, las sucesivas oleadas de escozor; una tras otra; en aquella situación dos o tres minutos de espera eran demasiado. Giré la vista a la izquierda, hacia la mesa de los escandinavos e intenté abstraerme del resquemor bucal focalizando mi atención en la escena que protagonizaban; todo seguía allí más o menos igual; el hombre del cráneo rasurado continuaba perorando en su tono de voz bajo y monótono y los otros le escuchaban con las cabezas un poco ladedadas;a la vez la mano del hombre-perorata permanecía adosada al hombro de la mujer que le flanqueaba; llevaba un buen rato en esta postura sobante y por debajo de sus dedos carnosos y gruesos, adornado uno de ellos por un voluminoso anillo de destellos dorados, la piel del hombro de la mujer exhibía un tono visiblemente rojizo, de tejido largamente expuesto a presión. Sobre la mesa los cuatro gin-tonics mostraban un similar nivel de consunción y estaban más o menos, a un tercio de su capacidad; parecían los cuatro beber a tragos sincronizados en cuanto a frecuencia y a volumen de ingesta; pensé que en el supuesto de que careciera de reloj, aquellos vasos podrían servirme de orientación, a la manera de una clepsidra etílica, y a razón de unos veinte minutos en contenido cada uno;eso era lo que parecía durarles cada gin-tonic. Necesitaba continuar abstrayéndome de lo que sucedía en el interior de mi boca e intensifiqué mi atención en el tercio de capacidad de combinado que aún presentaban los vasos; me imaginé una escala graduada dibujada con rotulador negro en su cristal que indicaría el nivel de llenado; habría un cien en la parte superior y de ahí iría descendiendo el nivel, lo cual estaría señalado con pequeñas rayas negras que marcarían cada decilitro; a la vez, coincidiendo con cada diez unidades, las raya despararecía para dar paso al número escrito ;90,80,70,60.....En ese momento, el líquido que presentaban los vasos, estaría acariciando la línea correspondiente al 3o; me imaginé el número: estaría escrito con dos cifras de trazado asimétrico; la primera correcta y de rasgos identificables pero la segunda se exteriorizaría con un trazo irregular y movido; era así como yo solía escribir los números dobles; la primera cifra me tomaba siempre motivado y la escribía con pulso firme; pero la segunda me devenía rutinaria, con emanciones de principio a hastío; las líneas se me disparaban y las escribía poco menos que de cualquier manera. Logré distraerme un poco más en estas piruetas y por lapsos, la intensidad del picor de la boca no se me antojó tan aguda; la rodaja de limón del gin-tonic, por su parte, reposaría entre el número 18 y el 20;y el cubito sólido inicialmente, alcanzaría la cifra 8; pero a medida que se fundiera, iría perdiendo valor en la escala hasta llenar el espacio más inferior, quizá entre el uno y el cero; en ese momento, concidiendo con la aparición de la noción del cero, mi mirada llegó a la parte más baja del vaso que me había inspirado las fabulaciones gradativas y la abstracción numérica se detuvo en seco; y casi al instante, regresaron las imprecaciones del picor del jalapeño; entonces intenté focalizarme en la belleza cromática, de los gin tonics, con el sumergido amarillo vivo de la rodancha de limón elevada contra el vidrio, pero derivó en una acción de nítido calado contraproducente, porqué la imagen de esa liquidez apacible y domesticada, con un punto elevado de libidinosidad, a tan poca distancia de mí y de mi ignición labial, me intensificó aún más la sed y la necesidad de ingerir líquido; retiré entonces raudo la vista del gin tonic y de la mesa de los escandinavos y volví a inspeccionar la escalera por si alguna de las dos camareras se asomaba por ella con mi Vichy pero tampoco fue el caso; me sentí entonces borbotear de impaciencia y me puse en pie; decidí que iba a averiguar donde estaban los lavabos y me bebería a grandes sorbos, recogiéndola en la palma de la mano, agua del grifo; todo menos seguir aguantado esa calcinante sensación en la boca;o mejor aún que todo eso: al entrar y luego desde mi mesa, había visto que el restaurante disponía en la planta baja, de una amplia barra, deslindada de la función servir comidas, y en la que presumía, era posible tomar todas las copas que uno quisiera; acariciado interiormente por esta más evocadora sugerencia, proscribí la expedición hacia los lavabos, dondequiera que estuvieran y empecé a direccionarme hacia la escalera con la idea de descenderla con rapidez para irrumpir al cabo de nada, en las inmediaciones de la barra flanqueada por un sinfín de botellas, con todas las combinaciones refrescantes posibles almacenadas en su interior; con este pensamiento la boca se me abrió de nuevo en elevado ángulo, pero apenas había trenzado un par de pasos cuando un impulso eléctrico y vibrante me sacudió el pecho desde el interior del bolsillo de mi camisa ; me paré en seco: era el teléfono móvil; llevé la mano rapidamente hacia el artilugio y miré la pantalla; acababa de recibir un mensaje. Y entonces, por primera vez bastante trecho, reparé en Astrid y en su comunicación declarativa hacia mí de hacía unos cuantos ratos y en las quince modalidades de respuesta en que me había enmarañado, sin saber aún por cuál de ellas decantarme; con gesto precavido, aún de pie, flanqueando mi mesa con la copa ventruda inutilizable en el medio, consciente de los posibles efectos perniciosos que mi demora podría haber generado en el baremo emocional de Astrid con respecto a mí y vagamente intuyendo el tenor de lo que me esperaba, desbloquée el móvil y pasé a leer el envío encapsulado:


"Ha pasado mucho rato desde que te envié mi mensaje; me declaré abiertamente como creo que corresponde a personas maduras; pero ahora tengo muchas dudas de que te lo merecieras. Has pasado de mí y de la situación;si hay algo que no soporto en esta vida es la indiferencia; si a mí me hubieran mandado un mensaje así, habría respondido al acto con otro mensaje;o te habría llamado;o me habría presentado en tu casa; o me habría subido a la torre de la catedral y había ordenado una salve de campanazos en Morse dedicados a ti en respuesta; pero tú no has hecho nada; ni has movido un dedo. Dudo ni tan siquiera que lo hayas leído o que si lo has hecho,recuerdes ya de que te hablo; eres un insensible; como todos. Pensaba que eras distinto,pero no debí hacerlo; me equivocaba, me equivocaba,me equivocaba...Me siento mal; ni te lo puedes imaginar; no esperaba que me pudieras defraudar tanto; me hacía ilusión pensar que eras distinto; que estabas vivo por dentro; que percibías sino todas, al menos sí alguna de las cosas que te he estado intentando decir todos estos últimos días; pero ya veo que una vez más, me engañaba. Estoy hecha polvo; necesito replantear todo empezando por mí misma; sí necesito replantearme; no puede ser que me sigan pasando estas cosas....Me marcho a la casa que mis padres tienen en la Vall d'Aran. Necesito estar sola y pensar y pensar. He de regresar siendo otra, inmune a los faltos de sentimientos y de sensibilidad; que sóis todos; tú también. Y no trates de ponerte en contacto conmigo para endilgarme alguno de tus juegos malabares con las palabras (como si lo viera: "Nooo,tu mensaje no me ha dejado indiferente; todo lo contrario; me ha afectado tanto que no he sabido exactamente como reaccionar; de hecho que no te haya respondido es porqué tengo tantas cosas que decirte al respecto que se me han amontonado en quince o dieciséis versiones distintas y no he sabido por cuál empezar"); no lo soportaría: después de mandarte este mensaje voy a desconectar el móvil. Te aseguro que eres el último tío que me hace llorar"


Astrid

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