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Conduje entonces mis pupilas hacia el plato y me fijé en su contenido; por unos instantes me submergí en la convicción de que la chica se había equivocado. Me había dicho que los jalapeños eran pimientos y sin embargo lo que ocupaba la posición del plato eran cuatro unidades de lo que parecían ser unas croquetas de formato clásico. Yo me había imaginado, al trasladarme ella los detalles descriptivos relativos a lo jalapeño, que el plato consistiría en algo muy similar a una disposición de pimientos a la manera de los del piquillo gallegos, intensamente rojos y de pequeño tamaño, y repletos de queso color marfil por la cocción; y sin embargo, casi nada en aquellos cuatro acúmulos de rebozado ondulante que permanecían fijados en mi plato se podía asociar a ese proto-formato mío. Pensé que no podía tratarse de más que de una confusión por parte de la camarera de las pupilas burbujeantes de azul e hice por un momento, ademán de llamarla para señalárselo; pero al cabo, cuando ya mi mano derecha había efectuado un primerizo ascenso, deserté de la idea; me vino a la memoria que al depositar el preparado en la mesa la chica había pronunciado con toda la nitidez de su timbre vocal de matices de seda la palabra jalapeños, y además mi plato era el único portaba en la bandeja en ese momento, con lo que la posibilidad de confusión con otro preparado adyacente en la bandeja era imposible. Miré entonces de nuevo el plato; junto a las cuatro compactas croquetas, de un destellante tostado naranja con ocasionales motas oscuras, se amontonaban unas tiras fileatadas muy finas de lechuga de un pálido color verde, y en la otra curva de la circunferencia del plato, se elevaba el generoso cerro de una salsa color beige, salpicada toda ella, de expresiones de limadura de perejil. Y la verdad es que el global del plato me pareció en ese intante poco menos que irresistible. Sonreí al recordar mi desafío al entrar en el restaurante de autogenerarme hambre; quizá habían sido los mensajes y su vericuética composición, y el tortuoso bailar de los dedos por las teclas para irlos esculpiendo; o la inercia eficiente de la orden de insuflarme apetito coleteando dentro de mí; o el peso de la elementalidad que hacía una dilatación de horas que no había comido nada, pero el caso era que en aquél momento me sentía famélico, con el estómago encabritado, aullando esporádicos y punzantes lamentos acústicos; unos aullidos que aunque sordos, se elevaban, a la manera de un agujereado acordeón desinchándose, en la atmósfera húmeda del restaurante, implorando desafinados, el envío de producto masticado. Al ritmo de su cacofonía irregular, el abdomen me dolía a intervalos, y percibía en él, un vacío casi rebasable con los dedos. Me reafirmé entonces en la idea de que era altísimamente improbable que la chica de los ojos adamantinamente azules se hubiera equivocado de contenido sirviéndome el plato: "jalapeños" había verbalizado díafana; y en el fondo, zarandeado por las invocaciones del estómago dolorido, resolví que me resultaba indiferente si aquellas piezas cocinadas croquetiformes eran o no los jalapeños; iba a operar dentalmente en ellas y en su su cromático tostado calabaza y en lo que albergara su interior precintado, al margen de su nomenclatura y de su denominación de origen. Desplegué entonces los cubiertos del interior de la servilleta amarilla y me hice con el tenedor; lo aproximé a continuación al primero de los preparados bolliformes y lo dejé quieto, emplazado encima de él, apoyado por el lateral de la horquilla en su dorada superficie rebozada; apreté entonces el cubierto hacia abajo y la capa del rebozado se plegó un poco, sin descomponerse, reacia por momentos, al allanamiento. Fijé entonces un radián más mi atención en el escenario del plato e intensifiqué la presión del tenedor; la capa de frito finalmente cedió, en un breve crujido, colapsando hacia dentro y exhibiendo por primera vez alexterior sus interioridades blanquecinas y blandas de tierna masa de queso. El plato estaba recién preparado porqué al quebrarse las paredes de rebozado, del interior del bollo se elevaron dos pequeñas y zigzagueantes estelas de humo que contemplé con cierta delectación visual, pero a la vez con un principio de fastidio.Significaba que la pasta de queso estaba aún muy caliente y eso me obligaba a demorar el primer mordisco y con ello congelar por unos minutos, el aplacamiento de los lamentos suplicantes del estómago. Por mi parte, detestaba deglutir comida a tan presumible elevada temperatura porqué me daba la impresión que lo más medular del sabor del alimento desaparecía engulido por lo ardoroso de su envoltura; y además tenía como principio proceder con mucha precaución con el queso en versión derretida; hacía unos meses me había quemado un lateral de la lengua con el queso fundido de una pizza asaltada con demasiada premura y la sensación de resquemor en la zona afectada se prolongó molestosamente por varíos días; guardaba un recuerdo pésimo de esa sensacion; como si me hubieran practicado una ablación lingual que me anulara toda sensibilidad en la zona dañada al contacto con los humeantes islotes de queso de aquella pizza y desde entonces, me había poco menos que conjurado para que un tal hecho no experimentara repetición..

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