jueves, 2 de octubre de 2008

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Iba a redactar el décimotercer mensaje cuando un leve cuchicheo de pasos me hizo elevar la vista y salir del estado de zambullido tecleador en el que estaba inmerso; la camarera de los ojos azules se acercaba hacia mi mesa con una bandeja llena de vasos. Se paró a mi lado y depositó una botella transparente de cerveza sobre el mantel; después con un gesto rápido se dotó otra vez de un abridor e hizo saltar la chapa del envase a la que salvó de toda caída, guardándosela en la misma mano con la que asía el útil abridor. Luego se llevó ambos, chapa y abridor, a uno de los bosillos laterales de su bata azul marino y tan pronto como le volvió a quedar la mano libre, tomó por su abdomen a la botella de cerveza, la inclinó hacia mi copa ventruda y dejó que tres o cuatro borbotones del fermentado cayeran en ella. Hecho esto, volvió a depositar el envase sobre la mesa y con su tono dulce de perfume vocal a azaleas, se dirigió a mi:

- En seguida te traeremos los jalapeños.


Yo apenas conseguí reaccionar; durante décimas no fuí capaz de asociar aquella palabra Jalapeños a nada relacionado con mi ser: las frases de los mensajes me habían abstraído de la realidad del restaurante, de la belleza venusiana de la camarera que tenía ahora al lado e incluso del desglose terminológico de mi solicitud de comida basado en un primero que se llamaba justamente así: jalapeños. Además, notaba que me había tomado la primera cerveza muy rápida y con el estómago inédito de alimento desde hacía horas y empezaba a certificar la manifestación de suave mareo interior. Inmerso en ese lapso de embriaguez leve dual, la que me había generado la veloz libación del fermentado de cibada y la que me provocaba la proximidad de la cariátide de ojos infinitamente azules, el mensaje de la chica tomó, no obstante, rápida congruencia semántica y le devolví sin lianas ni lapsos silábicos:

-Ah vale; gracias por la información.


Ella siguió mirándome y tuve la impresión que por un instante sonreía; parecía haberle causado un principio de hilaridad mi frase. Pero fue muy breve el hechizante coincidir de miradas y de aleteos sonrosantes; casi al acto se dió la vuelta y empezó a depositar los cuatro gin tonics que le quedaban en la bandeja, sobre la mesa de los escandinavos los cuales, como respondiendo a un impulso eléctrico preprogramado, dejaron de hablar en seco y siguieron con un silencio reverencial, toda la operación de traslado de los vasos desde la bandeja a su mesa. La chica, tan pronto como hubo completado la descarga, cogió el vaso vacío de la mujer inapetente (la que había hallado tan difícil finiquitar el gin tonic y había precisado de la asistencia absorbedora del hombre de torso de mula que se sentaba a su lado) y lo colocó en la bandeja que me seguía quedando, fijada en su brazo de angulosidades perfectas, muy cerca. Tomó la chica entonces una breve bayeta, inédita hasta ese momento en el fondo de la fuente plateada y la pasó unos instantes por la superficie de la mesa de los turistas nórdicos que siguieron toda la operación mudos y sin proyecar movimiento. Mientras la chica seguía eliminando los trazos de humedad de la mesa, yo me fijé en el vaso de gin-tonic que había sido de la mujer de sed moderada; se erguía vacío y silente en la bandeja y parecía bailar torpemente en el aire ante cada movimiento enjuagador de brazo opuesto que la chica completaba en la mesa. A través de su cristal levemente turbio por las presiones dactilares previas, aprecié que el cubito de hielo se había deshecho y que la rodaja de limón del vaso se empapaba, hasta su mitad, por el agua del hielo licuado, mientras que el verde-amarillo de su coraza se reclinaba, apoyado dócil, en una de las curvas de la circunferencia acristalada del vaso. A su vez, elevado unos centímetros, fijado en la parte central de la ampulosa pulpa de la rodaja, moraba incrustado un remanente seccionado de una de las pepitas de blancos alternos, marfil-nieve, del limón. Cuando la chica puso punto final a los compases de bayeta, depositó la tela enjuagadora de nuevo en la bandeja y se alejó hacia la otra banda del comedor. La rodaja de limón, inmóvil en su jaula de vidrio circunferencia, fue desapareciendo de mi alcance visual al ritmo pausado de cadencia alejadora de la cintura de la chica de ojos celestes...

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