sábado, 20 de septiembre de 2008

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Tan pronto como la camarera de piel moka interiorizó el contenido de la solicitud del hombre de cabeza rasurada y de frontal imponente en su rojo crustáceo, retomó el sentido de la marcha y se deslizó con ritmo tranquilo a atender otra mesa que se le cruzaba en el paso hacia las escaleras. Empequeñecida en la distancia, su escuálida figura, yo volví al reducto de mi mesa. Era pequeña y aunque la flanqueaban tres sillas, parecía incapaz de acoger en su abrazo de cintura, a más de dos cenantes. Estaba cubierta por un mantel plastificado blanquirrojo de atractivo claramente pendiente aún de licitación, algunos de cuyos bordes se extendían posados en caída sobre mis muslos, a la manera de desplegada servilleta. Mis piernas se encajaban apretujadas en losbajos del mueble cuatrípodo, y si las impulsaba hacia arriba con los pies fijos en el suelo, la mesa ascendía también desequilibrada y tambaleante. Pasaron unos instantes y me detuve observando la copa de cerveza de abdomen prominente que la camarera había indultado de su acción retiradora y permanecía silenciosa, como un tótem sin lustre y ávidamente exprimido, a unos pocos centímetros de mis primeras expresiones corporales en relación a la mesa; el vacío de la copa era casi integral y apenas ya nada remitía en ella al estado de plenitud de contención de líquido de hacía unos minutos; únicamente en su fondo, el cristal se veía salpicado por unos invertebrados derrames de los remanentes de la espuma de la cerveza que una vez había allí se había extendido. El comedor seguía activado en su sosegado dinamismo y a mi lado, la mesa de los gin tonics volvía al ritmo conversador de antes de la petición; la mujer a la que yo apenas podía ver, tapada por la oronda figura masculina que se sentaba a su lado, parecía no poder con los 4 dedos de preparado que aún permanecían en su vaso; en un momento dado murmuró una frase elevada y su vecino de mesa, el que me impedía verla, tomo el vaso entre una de sus manos y con una rápida elevación de brazo, lo direccionó hacia la boca, dejándolo en par de segundos seco,con la rodaja de limón cáída en su fondo y apoyada sin armonía en un ya muy raído cubito de hielo. Poco a poco el grupo volvió a su tono de conversación monótono, parecido a una inalterable lluvia nocturna que fue apoderándose de nuevo, a la manera de un adormilante hilo musical, de las estribaciones del comedor. Yo los observé un momento y luego apoyé mi brazo en la barandilla que me quedaba a la derecha; entonces aparté mi vista de la mesa de al lado y pasé a seguir por unos momentos, de nuevo, la longitud toda del adorno enroscado de plástico transparente, que a la manera de una pitón que se hubiese otorgado un atracón de luciérnagas, se extendía por la barandilla recubriéndola a trazos. Era la segunda vez que reparaba en ese chocante, hacia la repulsión movente, adorno pero no experimenté brizna de familiaridad alguna con su deforme diseño; seguía produciéndome rechazo y redirigí la vista rápidamente hacia otro vector de la sala porqué me reconocía aún incapaz de adaptarme a su presencia violentamente kitsch. Clavé entonces mi vista en la pared del fondo, sin objetivo determinado y por momentos no supe qué hacer. Entonces recordé el mensaje que acababa de recibir de Astrid y su trasfondo de desgranada exposición sentimental, y me impuse efectuarle respuesta; de haber mandado yo un mensaje de esa tonalidad, estaría en ese momento, al otro lado de las ondas electromagnéticas, estrujando el teléfono con una de mis manos, elevando el móvil a la altura de la nariz,y siguiendo con vista fija y bizca los destellos de la pantalla a la espera del indicativo de mensaje entrante. El problema es que fileteado por los incisivos de la duda, no sabía qué escribir, ni en qué sentido exponer, ni qué señalar, ni qué descartar, ni qué dentellear, ni qué depurar,ni qué tomar en bloque o que mandar directamente a la planta de reciclaje. Sumido en tal borbotear de indefinición, redacté mentalmente algunos bocetos de mensajes, pero ninguno de ellos fluía convincente. Además, de todos ellos, sólo dos apuntaban mínimamente hacia una misma significación; el resto, eran reversos de anversos y anversos de reversos. Exhalé en la atmósfera del restaurante aplacado, recuperé el móvil del bolsillo de mi camisa y lo encendí; fuí rápidamente a los mensajes y pulsé redactar;no sería la vez iniciática en que el teclear mismo de las letras me hacía descender el mensaje de la nada; y talvez con la solidez de los contornos de ese trozo de plástico entre mis manos, sería capaz de redactar algo mínimamente firme y metabolizable para Astrid; llevado por esta idea, elevé el móvil y empecé a moverme por su teclado, confiando que el traqueteo de las selecciones que mis dedos efectuaban por las aristas de sus contornos me insuflaran inspiración expresiva.

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