martes, 14 de octubre de 2008

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Volví entonces mi cabeza hacia la derecha para abstraerme de nuevo con la indecreciente actividad de la calle cuando a medio desplazar detuve mis ojos en la escalera que servía de nexo entre los dos comedores. La camarera de piel moka ascendía por ella con una bandeja, que en apariencia contenía un único plato, sostenida con las dos manos. Pensé si no serían mis jalapeños y me quedé observándola; llegó la chica, que superó cada peldaño despacio y precavida, al final de la escalera y dobló hacia la izquierda; por momentos parecía poder encaminarse a mi mesa, pero a los pocos pasos efectuó de nuevo un giro, esta vez a su derecha y enfiló hacia el fondo del comedor, en direccion a una mesa no distante de las posiciones donde los turistas celebrativos seguían vitoreando al aire de vez en cuando. Decepcionado por este proseguir sin mascar alimento, retomé de nuevo el proyecto de girar la vista hacia los ventanales, pero me resultó problemático completarlo; porqué sucedió que con el seguir de las evoluciones de la camarera de piel moka con el plato en las manos y su hipotético traerlo a mí, había bajado la línea de visualización de mis ojos hasta el nivel de su cintura, que era la altura en la que llevaba sujeta la bandeja. Mis ojos enfocaban por tanto bajos, y al virar la cabeza hacia la derecha para desplazarla hasta la zona de la entrada del restaurante y de su fachada traslúcida, toparon de lleno con la barandilla que me flanqueaba por el costado derecho; y más que con la barandilla en sí, colisionaron con el cochambroso adorno de plástico que se enroscaba en ella, en una chocante espiral que se tironeaba hasta el inicio de la escalera; de los intestinos de leviatán del adorno, seguían emanando los destellos de las lucecitas agolpadas en su interior, que mantenían su apagado fulgor a lo largo de la trayectoria entera del tubo, de un tanto dudoso color negreante. Era la tercera vez que mis ojos se posaban en aquella deformidad pero seguía sin establecerse ni la más efímera de las cabezas de puente entre mi sensibilidad y su ser. En realidad, me continuaba produciendo espeluznos intensos de indredulidad. No me quedó otra que elevar la vista y salvar aquel averno de mal gusto, pero por momentos, con esa irresistible atraccion que a veces, y sin saber la genésis de su motivación, nos causa lo amorfo, mis ojos no se podían desenganchar de la contemplación de ese cochambroso objeto que seguía, con sus absurdas luces plastificadas, perpetrando rasgaduras a mi percepción. Finalmente, no sin invocar cierto esfuerzo, puede desembarazarme de la atracción de su siniestro campo gravitatorio y erguir de nuevo la vista en dirección a los cristales de la puerta. Pero también en esta ocasión acontecimientos que se hilvanaban en la escalera metálica que interconectaba ambos estrados lo abortaron. Ahora era la segunda camarera, la de ojos celestes, la chica de rostro de la finura de un milhojas de pétalos de azucena, quién ascendía por sus peldaños, empuñando una bandeja con un muñón devasos aposenados en su centro. Por lo que parecía, el restaurante carecía de montacargas y aquello obligaba a las dos chicas a transportar los platos y las consumiciones, desde la planta baja donde se ubicaba la cocina y la barra de las bebidas, al comedor superior, bandeja en ristre, una vez y otra vez, por esa escalera metálica de peldaños que rondarían la docena de unidades; me interrogué sobre la cantidad de veces que las dos chicas tendrían que repetir esa acción ascendo-descendedora en cada jornada laboral; habría de resultar una cifra astrómica; tal vez eso explicaría porqué la camarera de rostro caribeño tenía una figura tan lánguida; por puro agotamiento; o porqué la chica de los tremendos ojos azules, exhibía en su reverso unos resaltes tan imponentes, redondeados y de apariencia pétrea. O quizá no existía nada de todo eso como desencadenante de nada y todo lo que sucedía era que el restaurante sí disponía de montacargas pero que esa noche se hallaba, por circunstancia pendiente de confirmación o perfectamente corroborada, averiado. Cualquiera de esas posibilidades podía acoplarse en perfección con los salientes de la verdad y no tenía mucho sentido de mi parte seguir indagándome por los entresijos argumentales de ese tema. Así que corté la espiral succionadora de crescendo autopreguntador que ya empezaba a envolverme de la manera más elemental que supe en ese inistante: tomando la copa ventruda de cerveza y dándole un trago moderad0, aún vigente la recomendación en mí (empezaba a dolerme el estómago de puro vacío) de contención impregnadora de liquidices etílicas.

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