viernes, 10 de octubre de 2008

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Yo entoncés tomé la copa de cerveza y le apliqué dos comedidos tragos; la encontré aún más suave que la primera y por instantes quise profundizar en su consunción pero me abstuve porqué llevaba desde media tarde sin haber comido nada y la cerveza anterior y su 5,4 % en etanol insistía en revolotear. Así que decidí no probar más líquido hasta que no hubiera ingerido alguna porción sólida. Luego pasé de nuevo al móvil e intenté redactar mi croquis de mensaje número 13; llevaba el primer avance, "Astrid " cuando un choque de cristales en la mesa de los escandinavos de al lado, me hizo desentender del redactado y virar en atención hacia ellos; las dos parejas se habían incorporado al máximo de verticalidad en los respaldos de sus sillas y elevaban los vasos aún intactos hacia el centro de la mesa, formando al intercontactar en el aire, un muñón alabeado de cristal; luego los hicieron percutir entre ellos en todas las combinaciones posibles; uno con uno por separado, dos con uno, uno con dos, dos con dos, uno con tres, tres con uno y finalmente todos entre ellos, moldeando un apiñamiento de vidrio anillado y de contornos abombados. De los rostros tostados de los escandinavos, emanaba por primera vez una cierta alegre expresividad mancomunada que se agudizó al proferir en coral una invocación, ésta sí, decibelicamente notable, similar a "skol", sostenida y larga e iterada 3 o 4 veces. Cuando finalmente se apagaron sus exclamaciones, se reclinaron de nuevo más cómodamente en las sillas, se dirigieron, como habían hecho con los brindis, unas sonrisas en todas las combinaciones posibles, arrancaron los vasos de su confluencia elevada en el centro de la mesa y asiéndolos fuertes, cada uno el que le correspondía, les adosaron, con ojos cerrados, un sorbo largo e intenso que los vació a unos dos tercios de su capacidad. Después emplazaron las bebidas en la mesa, las dejaron por unos instantes tranquilas, y reempezaron la conversación en los mismos tonos monocordes y apagados de antes de la irrupción de la camarera. La ejecutoria comunicativa seguía siendo idéntica; el hombre de frontal rapado se arrogaba la iniciativa expositiva, dominando casi por completo, la conversación; los otros tres miembros de la mesa, le escuchaban atenta y en silencio y sólo ocasionalmente, hacían alguna aportación. El hombre peroraba sin descanso, en su tono monocorde, y lo hacía sin apenas modificar su postura corporal, separado unos centímetros su potente vientre del saliente de la mesa; casi todo el tiempo parecía dirigirse en exclusividad al hombre que se sentaba delante suya y sólo de vez en cuando, viraba el cuello para abarcar con una cierta equidad, el rostro de las dos mujeres. Ya antes de la nueva ronda de bebidas lo había venido haciendo así y ahora lo repetía; y también en esta ocasión, en medio de una de sus frases, el hombre perorante deslizó silenciosamente una de sus manos buscando los generosos y desprovistos de textilidad hombros de la mujer que sentaba a su lado, los cuales relucían rojizos bajo el espesor de luz que desde una de las lámparas deco, descendía en picado. Sin moderarse en la confección de su degotante hilo verbal que seguía administrando a idéntico tono y frecuencia, el hombre impulsó un poco más la trayectoria de su mano y finalmente dió con los contornos de la mujer, adhiriéndose con suavidad en sus hombros. Conseguido esto, dejó pasar unos segundos y sin dejar de parlotear en ningún momento, empezó a acariciar con suavidad su piel de tonos veraniegos y salpicada de pecas pardas; en esta ocasión, sin embargo, no retiró la mano al breve sino que la mantuvo anclada, fija y dermo-comunicativa en los omoplatos de la mujer, la cual respondió a esta nueva versión más prolongada de acoplamiento manual con una nítida intensificación de sonrisa en sus mofletudos labios. Yo esbocé entonces una última mirada al hombre-conferencias, de inabarcable frente jazmín-solar, mientras éste seguía encuñando frase tras frase y mientras ya también, con la mano que no le umbilicaba a la mujer, elevaba de nuevo el vaso de gintonic hacia su, en apariencia, incansable boca verbo-trasegadora. Regresé en ese punto en atención hacia mi mesa, así otra vez el móvil e intenté retomar el mensaje de nuevo en el punto donde lo había seccionado: "Astrid.."

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