sábado, 11 de octubre de 2008

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Conseguí trazar dos palabras suplementarias: " Astrid, el contenido de tu mensaje .." pero fuí incapaz de redactar nada ulterior a eso. Me sentía sin vigor en los dedos, tecleaba sinfunifadamente, parecían haberse cortocircuitado los suministros desde los caladeros de palabras y el recurso de que el mismo escribir ocasionaría la idea y el léxico al efecto, había perdido por momentos, toda salubridad. Así que suspiré al aire humedecido del restaurante y dejé el móvil en la mesa. Me concedí par de minutos de asueto divagador y después resolvería regresar al texto. Miré entonces hacia mi derecha, y proyecté la vista desde mi posición de palco privilegiado hacia el comedor inferior: todo seguía en su considerable perímetro, instalado en la dinámica tranquila, casi aletargada de cuando yo había accedido al restaurante y desde las diversas mesas que salpicaban su trazado, apenas se oían elevaciones de tono. Por los amplios cristales que daban al exterior, la calle continuaba acanalada por un tráfico un tanto más sincopado pero aún constante; en ese instante preciso un taxi, con su reluciente bicromacidad negro-amarilla , se detenía delante de la puerta del restaurante; el cabo de muy poco una pareja emanó de su interior y después de lanzar una mirada a la imponente fachada de cristales del restaurante, se adentró en él. Avanzaron ambos a ritmo calmado, cogidos de la mano, jóvenes los dos, hacia el fondo del comedor inferior y en un determinado punto los perdí de enfoque, tragados en la profundidad del espacio que aún había de quedar hasta llegar al fondo de la barra que se situaba debajo de la plataforma metálica en que yo me hallaba. Volví entonces a fijarme en la calle bañada por la luz artificial que se propalada desde diversos manantiales lumínicos: desde las farolas, desde los chorros fugaces de las luces de los coches que se cruzaban veloces, desde el alumbrado mismo de neón adosado a la fachada del restaurante y también partiendo de algún foco de escaparate de comercio cercano. Por las aceras de ambos lados de la vía, se divisaban un poco vaporosos por la distancia, peatones, ya en grupos, ya solitarios, que caminaban suaves, cadenciosos y sin estridencias motoras. Pasé unos lapsos mirando la calle en esta comedida ebullición veraniega y después volví a tomar el móvil de la llanura de la mesa, pinzándolo con el pulgar y el índice por los laterales de su caparazón metálico de tonos argénteos, ya un poco gastados. Inmovilicé entonces el aparato en mi mano, lo elevé un poco y por unos momentos me fijé en su pantalla chispeante de composiciones informativas digitales e iconos diversificados; entonces desplacé mi vista hacia uno de sus laterales y con sorpresa, ví que el indicador larguirucho de estado de batería renqueaba y que no disponía de mucho combustible batérico; puesto al corriente sobre esto, decidí solventar cuanto antes el tema de la composición del texto número 13 porqué la hipótesis de imaginar el mensaje para Astrid incapaz de elevar el vuelo, las alas desechas y gelatinosas, por falta de queroseno en el móvil me generaba calambres pélvicos. Accioné entonces la tecla piloto central del portable y mecánicamente busqué el almacén de los mensajes donde se apilaban compartimentados los que había redactado hasta ese momento, a la espera de decidirme por uno de ellos. Entonces desbloqueé el más reciente, tan paticorto y escuálido, y porfié por enriquecerlo, pero de nuevo la inspiración compositora me eludió con saña: sólo estuve dotado para añadir un pronombre y una forma verbal auxiliar al texto de seis palabras del que ya disponía : " Astrid el contenido de tu mensaje me ha .." Era obvio que no era mucho, pero no había por el momento, acceso a un más ella de eso. Con gesto resignado, volví a dejar el móvil en la mesa, y me concedí otros dos minutos para intentar recuperar algo de vibración tecleadora mínimamente tonificada, mínimamente inspirada...

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