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" Ah, vale, gracias"- acerté a responderle con sólo un mínimo en ese momento, de llama intelectiva en mi. Me sentía abrumado por los acontecimientos que se habían espesado en muy poco tiempo: superar mi estado de bloqueo redactor para luego componer un mensaje con un mínimo de sustancia facturable; percatarme después de la aproximación de la camarera, poner fin al texto, incoar las gestiones para su archivo y finalmente, depositar el móvil en la mesa. Todo esto en un espacio muy comprimido de lapso temporal. Y justo en el momento en que me podía adjudicar el primer atisbo de esparcimiento, me veía obligado a confrontarme con la presencia a muy pocos centímetros de la camarera que había completado la aproximación a mi mesa en mucho menos tiempo de lo que yo había calculado, cuando la distinguí en el fondo del comedor; yo en las brumas de la composición del mensaje todavía humeante, había de confrontarme con la colateralidad de ella a mí y con la de sus ojos portadores de una belleza tan imposible que parecían salidos del talento compositivo de un pintor de trazo insuperable. Me costó resituarme esta vez mucho más que en los post-mensajes previos, y me dió la sensación que mi " Ah vale,gracias " expectoró en la humedad del comedor, con tonos fónicos raros, puesto que la chica después de depositar el primer plato encima de mi mesa, de pronunciar su frase, y de escuchar la mía, me miró un momento muy fugaz con expresión de interrogación en sus ojos untados enteramente de azul de mar. Luego, sin darme tiempo a lo que me pareció que era una invitación para una reformulación de la frase mía, efectuó un remotísimo ademán de principio de sonrisa, se giró coordinadamente y enfiló hacia otra mesa. Yo me quedé unos segundos mirando contristado como se empequeñecía su fascinante figura en una estela evanescente, y una vez que estuvo lo suficientemente alejada como para no suscitarme turbulencias en los circuitos pensantes con las ondas conmovedoras de su mágica belleza, volví a la realidad del restaurante, de mi mesa y del plato que ella había depositado, junto con los cubiertos envueltos en una servilleta amarilla.

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