miércoles, 15 de octubre de 2008

/13/

Completado el conciso trago y disipada casi al acto, con su humedecer de mi laringe, la pulsión autopreguntadora sobre la presencia o ausencia de montacargas en el restaurante, y sus repercusiones en las anatomías de las empleadas, volví a centrarme visualmente en la escalera. La camarera de los destellantes ojos azules coronaba en ese momento sus últimos peldaños; lo hacía lenta y precavida, con la espalda un poco inclinada hacia adelante, en casi idénticos términos a los que había protagonizado hacía un momento su compañera de piel cacao, la bandeja fijada en el aire por sus estilizados brazos levemente adelantados. Una vez superó el último desnivel, irguió nuevamente a la plenitud su portentosa biología y avanzó con la fuente salpicada de consumiciones hacia la mesa de los turistas jóvenes los cuales seguían lanzando a intervalos casi regulares, totalmente indiferentes al entorno, sus proclamas jubilosas al aire humedecido del restaurante. Yo seguí los pasos iniciales de la chica por la superfície ya allanada del comedor elevado; luego se cruzó con su compañera que avanzaba en sentido contrario y sin saber exactamente por qué, mis ojos modificaron trayectoria y finalidad visual y pasaron a posarse en la chica de piel terrosa; ésta caminaba de nuevo a la búsqueda de su eterna confluencia con las escaleras, la bandeja colocada vertical y vacía debajo de su brazo, y al cabo de muy poco se halló ya descendiendo los primeros peldaños con la misma aura elegantemente resignada con que las había subido. Mis pupilas siguieron sus regulares evoluciones unos segundos, pero luego reparé en qué habían ya transcurrido sobradamente los dos minutos que me había concedido con panorámicas a reabsorber algo de inspiración para y desarrollar mi mensaje número 13, así que aparté mi enfoque de la chica de dermis chocolateada y regresé al móvil. Me resultó innecesario teclear nada buscando en las entrañas del aparato porqué el bosquejo del hasta ese momento, desvalido mensaje, seguía en la pantalla inicial. Me deprimió por segundos su pobre arquitectura y la languidez de su anémica extensión y experimenté la tentación de autootorgarme dos minutos suplementarios para intentar metabolizar más néctar inspirativo, pero temí también esa espiral aplazadora. Me conocía pormenorizadamente: me sumergía aplazando algo de dos minutos en dos minutos y terminaba por hacerlo de dos años en dos años. Así que estrujé el móvil entre mis dedos, apreté hasta casi hacerlas desembocar en una de sola, mis cejas para acentuar el ademán de concentración sobre la pantalla, y simultáneamente, fruncí los revestimientos de las rugosidades de mi frontal a fin de facilitar el flujo verbal y catapultar con ello,la apertura de las compuertas a la inspiración, cuyos resortes por momentos, parecían inanes, sepultados bajo una espiral de capas de anquilosante óxido parduzco....

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