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Me disponía finalmente a asestar mi primer golpe de incisivo escarpado a los jalapeños, así que aproximé el tenedor a la primera de las ocho porciones segmentadas de croqueta con incrustación de pimiento, que se desparramaban por el plato. El módulo que pretendía pinchar era uno de los dos que había laminado en un primer instante, y era imaginable que transcurridos unos minutos, el enfriamiento habría avanzado lo suficiente como para permitirme una masticación prolongada, gustosa y olfativa, sin riesgos de abrasión para mi complejo bucal. Coloqué entonces el tenedor en una inclinación contrapicada punzante contra el manto del rebozado con la idea de atravesar esa delgada capa y fijar con ello la croqueta en las astas del cubierto, pero aunque lo intenté repetidas veces, no logré izar ese primer atisbo enfriado del alimento; la horquilla del tenedor en vez de hincarse en el frito y perforarlo, hundía la capa de rebozado en bloque, como si se tratara de una lámina compacta que se comportaba además a la sorpresiva manera de un contorneado muelle, flexible y elástico: una vez anulada la presión del tenedor, la capa de rebozado regresaba lenta pero indesviable, en una acompasada ascensión estadillada, a sus posiciones de partida. Intenté tres o cuatro veces supletorias perforar el rebozado, pero fue infructuoso y terminé por desistir, ahíto de que en cada una de las ejecutorias sobreviniera idéntico y apelmazado guión; por momentos daba la impresión que la croqueta, más que estar frita con harina de trigo para encapsular el relleno pastoso de queso, lo hubiera sido con un preparado que contuviera alguna emulsión de material cartilaginoso, flexible y dúctil. Entonces, envuelto en un cierto hálito de pasmo facial, retiré el tenedor y lo reconduje a la mesa; me quedé unos segundos inmóvil, sin apartar mi mirada del plato, y sin saber exactamente como operar; luego sin liminares y en un gesto instintivo, llevé uno de mis dedos hacia la croqueta; lo arrellané encima de su capa frita y efectué presión con la yema hacia abajo; la capa dorada cedió en seguida, como había hecho antes con el prensado del tenedor, y por una vez elevó un suave crujido sordo, para luego, ante el persistente empuje del dedo, achatarse y achatarse, hasta que, por momentos, me pareció percibir que el borde frito del rebozo aún entero, entraba en contacto abierto con la tirita de pimiento jalapeño clorofilado del fondo; era obvio que eso suponía el límite desplazatorio y que ya no podía pensar en una ulterior trayectoria descendente. Me quedé a continuación de nuevo estático, mirando el plato, intentando diseccionar visualmente el jalapeño en esa fracción detenida de aplanamiento máximo; el interior de queso de la croqueta había desaparecido de mi vista, sepultado por la capa de rebozado expuesta a la presión de mi dedo, pero a pesar de soportar ese lastre, la membrana frita continuaba impostada en su aparente inexpugnable rigidez, incólume e intacta; por sus laterales, en algún de los momentos de más intensa presión dáctilar, asomaron algunas leves expresiones de la pasta cremosa del queso, que se recluían de nuevo, casi al acto, en el interior de su caparazón frito, como un caracol en su concha, si derogaba la presión del dedo. Con todo, ni en esos prolongados instantes de torsión máxima, el manto de rebozado se resquebrajó por ninguno de sus ejes esctucturales básicos y seguía mostrando la consistencia casi de una plancha alumínica; únicamente un apéndice diminuto, de tonos rojizos oscuro y sin ninguna adherencia de queso, se desprendió un instante de los bordes de la croqueta nodriza y cayó un punto ingrávido sobre el blanco del plato. Sostuve la intermitente presión dactilar unos instantes más, sin que nada inédito se produjera; para mi estupor, la estora del frito áureo-anaranjado permanecía inquebrada y continuaba regresando flemática a sus ubicaciones iniciales si se daba la ocasional contingencia que el empuje con la sonrosada yema de mi dedo languidecía...

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