jueves, 13 de noviembre de 2008

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Lo primero que hice a continuación fue dotarme del cuchillo que reposaba intacto en las interioridades de la servilleta crema y rasgar con sus dientes serrantes la tira de pimiento jalapeño de la primera croqueta, la de las renuencias a ser segmentada por el tenedor; la veta de vegetal cedió esta vez en seguida y la composición frita quedó dividido en dos muñones contiguos; entonces con la punta del cuchillo distancié ambos para que la atmósfera fresca del comedor penetrara en sus pastosas interioridades de masa láctea coagulada y los refrigerara. Después, repetí la misma operación de seccionado con las otras tres croquetas, las cuales, como había ocurrido con la primera, exudaron al quebrarse un breve y al segundo agonizante, hilo de humo " Para tan breve ser quién te dió la vida " pensé; hecho esto, retiré mi espalda un radián del perímetro de la mesa y observé el plato desde una óptica más exterior: las ocho porciones de croquetas se arrellanaban por pares, autónomas y estancas, mostrando sus entrañas blanquecinas al exterior e intentando imbricarse en la humedad circunlavante de propalado aire acondicionado. Observé unos momentos la blanda pared oronda y blanca marfil que constituía la masa un poco deslabazada y ventruda del queso de cada croqueta, con la leve expresión de clorofila de la veta de pimiento en su fondo. Después deposité el cuchillo en la mesa y decidí esperar un par de minutos a que los efectos de enfríado del cocinado se materializaran. Mientras lo hacía, me hice de nuevo con el tenedor y probé algunas de las tiras de lechuga verdiblanca que adornaban el plato; las hallé un tanto insípidas, sabiendo casi a vacuidad y me abstuve de seguir deglutiéndolas; calculé, a partir del montículo en que se apilaban, que el plato contendría de cien a ciento veinte de esas tiras , y que yo, con la maniobra de tenedor, me habría llevado a las papilas unas siete u ocho; la cena propiamente denominada, empezaba en ese momento, pero intuí que muy posiblemente el guarismo de porciones de lechuga por las que me interesaría se iba a petrificar en esa cifra. Luego volví a fijarme en el generoso alcor de salsa que reposaba en otro vector del plato; era una protuberancia exuberantemente densa, de contornos redondeados y bien moldeados; me asombró de nuevo su gran volumen; era una cantidad de salsa estridente que desentonaba en comparación con las dimensiones de las croquetas y de las tiras de lechuga; pensé que quizá la liturgia de la consumición de los jalapeños exigía bañarlos en esa salsa de virutas vegetales hasta hacerles rezumar su blanca y espesa liquidez; o quizá no concurría formalidad ninguna y lo único que había sucedido era que al confeccionador del plato se le había ido la mano con el cucharón; el caso es que había una porción de condimento exagerada para las dimensiones de los productos susceptibles de ser untados en ella; la salsa, en su color marfil blanco amarillento, remitía a la variedad crudités, con raspaduras de vegetales multicolores asomando a cada esbozo de centímetro y en principio intuía que mi intención para con ella no iba a elevarse más allá de intentar extraer su tonalidad gustosa mediante unas leves aproximaciones del rebozado de alguna de las croquetas. A la vez, pensé que podía haber untado los recortes de lechuga en esa salsa de brillo aceitoso y así mitigar su insipidez de vegetal crudo, casi inane; y por un momento me sorprendió no haberlo hecho; pero luego recordé que en mi primera inspección del plato, tan pronto como éste rezongó en mi mesa, me había embebido la atención ver lechuga en dos secciones distintas: mezclada con la salsa de un lado, y del otro, en el montículo independiente, con lo que deduje que si obraba colocada en coordenadas distintas era porqué el plato exigía no mezclar ambas y a tal efecto, seguí recordando, me había vetado el acoplar ambos acompañamientos; estaba decidido a respetar su deducible autosuficiencia a lo largo de toda su consumición. A pesar de este manojo de consideraciones, los segundos se deslizaban lentos y volví la vista a la escalera; en ese momento la camarera de rasgos criollos la reseguía de nuevo en evoluciones lentas y cuidadosas, con su lánguido esqueleto inclinado un poco hacia adelante y transportando en sus brazos medianamente extendidos, un pastel de tonos encapotados. Avanzaba en ascendente, concentrada y parsimoniosa, como si llevara una frágil petunia de cristal acendrado en las manos; cuando coronó el último peldaño, la otra camarera, la de los hipnotizantes ojos contextualizados en azul, la estaba aguardando. Ambas hablaron un momento y luego la chica de los ojos firmamento activó un encendedor y acercó la tenue llama emanante hacia dos grandes velas, rojas y en forma númerica, que se erguían en el centro del dulce. La distancia no contigua a esa parte del comedor, y el hecho de que el centro del pastel estuviera en diagonal hacia mí, no me permitía distinguir del todo el formato de la segunda cifra del número; la primera pude ver con claridad que se trataba de un dos, y por momentos, en uno de los movimientos de las dos camareras entorno al dulce, me pareció distinguir un seis acompañándolo; o quizá fuera un ocho; tampoco rezumaba excesiva trascendencia. Con las dos velas númericas ya encendidas, la chica de los ojos azul homérico, extrajo de nuevo llama del encendedor y activó la combustión de dos pequeñas bengalas que flanqueaban el pastel y que inmediatamente empezaron a expelir luminosidades achispadas y de corto vuelo en todas direcciones. Cuando la otra camarera apreció los destellos lumínicos del crepitear de las bengalas del pastel que seguía en sus manos, avanzó con paso muy rápido. como temiendo que las chispas se consumieran antes de tiempo, hacia la mesa de los turistas alboroteadores, los cuales al darse cuenta de la irrupción del postre conmemorativo y de sus chisporreantes complementos, se levantaron torpe y alborotadamente y empezaron a aúllar y proferir caóticas expresiones de alborozo en un nítido inglés norteamericano, de pronunciación vocal fuerte, cercano a lo estridente. Casi todos ellos prorrumpieron en atronadores aplausos mientras otros accionaban con los brazos levantados, sus servilletas desplegadas al aire a la manera de las aspas de un molino de viento agitadas por una súbita ráfaga. La camarera caribeña frenó entonces su veloz paso y completó el último tramo, el de la definitiva aproximación a las mesas de los turistas, de nuevo a velocidad precavida, mientras las bengalas enclavadas en el bizcocho untado de chocolate, seguían expeliendo su impetuoso chubasco de chispas; dos de los turistas entonces, sin dejar de expeler vítores, se hicieron con cierta torpeza de movimientos a un lado y la chica colocó finalmente el pastel en el centro de una de las tres mesas que ocupaban esos improvisados tunos, justo delante de una chica alta y delgada que aunque también levantada, se inhibía de componer aspaviento ninguno; miraba en todas direcciones y en ninguna a la vez y aspergía su sonrisa batiente y un poco turbada a cada lado de las mesas que ocupaba su grupo; era obvio que era la persona que cumplía los años y a quién iban direccionados todas las efusiones. Siguieron unos instantes de más gritos, más revoloteo de servilletas aspadas y más granizada de flashes, mientras las bengalas se iban consumiendo, hasta que finalmente, la última de sus chispas diluyó su minúsculo rayo en el aire. Entonces la chica aclamada, bajo signos de una leve turbación emotiva, repartió una última ráfaga de saludos hacia todo ángulo, se retiró un poco, curvando su esquéletico cuerpo hacia atrás e inspiró aire con los labios protuberantemente colocados hacia fuera, muy juntos, casi cerrados, permitiendo por una sola leve espita entrelabiada, el acceso de aire a sus pulmones. Permaneció unos instantes en esta posición aspiradora, con los ojos dilatados en una extraña expresíón de alelamiento y al final se impulsó toda ella hacia adelante, como activada por un brusco resorte de muelle interior y vertió el aire almacenado en sus pulmones sobre el pastel, en una larga aspiración sostenida que cercenó completamente el fulgor de las velas transformándolo en dos estelas de humo débil y mortecino. Al acto, viendo las dos llamas evanescerse, sus amigos empezaron a aplaudir aún más ruidosamente, a agasajarla de nuevo con toda clase de muestras efusivas y poco después, se unieron en un un coro de brazos con hombros y empezaron a entonar al unísono, un gargántaceo y chirriante "Happy birthday" tan expansivo que desfloró el silencio de las pocas mesas que hasta ese momento, se habían visto a salvo de las incidencias acústicas de la celebración. Mi mesa, que no era de las que quedaba más apartadas, recibió también, como una desapacible marea fónica, esos acordes distorsionados de laringes forzadas. El comedor entero, parecía haber momentáneamente cancelado toda actividad para seguir el desarrollo de la entrega de la tarta de cumpleaños. A mi lado izquierdo, los escandinavos habían apostatado momentáneamente del gin tonic y miraban en silencio concentrado y sesudo al fondo del comedor; el hombre locuaz y la mujer cuyos hombros parecían magnetizar sus manos, se habían colocado en oblícuo en sus sillas para tener una mejor perspectiva sobre el grupo celebrativo que les quedaban a sus espaldas; pero ni por esas, la mano del hombre dejaba de establecer comunicación táctil con los exuberantes omoplatos de la mujer. Justo delante de mí, siguiendo la barandilla con el enroscado plástico de absurdos intestinos lumíninicos, la pareja de ademanes silenciosos había también aplazado todo desarollo de actividad alimentadora y seguían, ambos con cabeza ladeada, los sucesos entorno a la tarta. Todo el comedor parecía haber paralizado las masticaciones; sólo el hombre solitario, el de cabellos electrizadamente alargados y peinado biombo parapetando la superfície de su cráneo yermo, seguía en la misma posición encorvaba hacia adelante, con la cabeza agachada y clavada en el plato. No se había girado un solo momento y perseveraba transmitiendo una sensación tensa y nerviosa, cuando no acrecentada: con el revuelo en la mesa de los turistas que quedaba no demasiado distante de las primeras virutas de sus cabellos camuflativos, se multiplicaban las posibilidades de que las miradas de algunos comensales se repararan y se posaran en él, lo que parecía, seguir aterrándolo. De vez en cuando, seguía elevando la cabeza de la sima de su plato y escaneaba, a lo periscopio, con mirada intensa, un tanto abizcada, el comedor a la búsqueda de hipotéticas pupilas centradas en él; luego, y si no detectaba nada sospechoso, volvía a bajar la cabeza y seguía con el plato. A mí toda la escena del pastel, que ahora se adentraba en las vicisitudes de su cortar, con un cuchillo cuyo asimiento la chica homenajeada insistía en compartir por turnos con todos y cada uno de sus amigos, empezaba a cargarme, así que orillé mi vista de esa porción del comedor y volví la atención a mi plato de jalapeños. Parecían haberse enfríado y me pregunté si no estarían ya térmicamente aptos para mi primera avanzada de dentallada en su cremoso relleno de pasta de queso con injerto de pimiento ...

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