viernes, 7 de noviembre de 2008

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Resignado a aguardar unos minutos el advenimiento del primer mordisco, decidí seccionar en dos cada una de las croquetas extendidas en el plato para catalizar su proceso de enfriado, y con ello, adelantar unos minutos su deglución; a tal fin, y con gesto contenido, hendí un poco más el lateral del tenedor en la masa de queso del bollo croqueteáceo que en aquel instante, había dejado ya de desprender humo; esperaba que la acción cortante se consumara en tajante y que la croqueta se partiera en dos con rapidez y sin problemas, pero sin embargo, casi al final de su descenso, el tenedor frenó en seco su caída y quedó inmovilizado al contacto con lo que parecía ser una superfície dura e intraspasable. Intenté, insuflando una aplicación de fuerza mayor a mi brazo extendido, quebrar la renuencia del material que se resistía a la acometida del tenedor, pero fue en vano y no lo logré; era un hecho extraño y no alcanzaba a comprender por momentos, que es lo que podía estar pasando en las interioridades del rebozado; nunca me había encontrado con una croqueta que presentara reluctancia a ser desvertebrada ante la acción de un material de contornos no etéreos, ya fuera un tenedor, las yemas de unos dedos pinzando, o la lámina cortante de un incisivo dental. Entonces, dejé de apretar con el tenedor hacia abajo y canalicé la fuerza que seguía transmitiendo al cubierto hacia los laterales de la croqueta ya semi-eviscerada, abriéndola en dos lóbulos separados que se mantenían unidos en su parte inferior, como adosados a los engranajes de un un eje fijo, por aquella presencia de producto duro a ras de rebozado. Retiré en ese punto, con las dos partes de la croqueta ya plenamente abiertas, el tenedor para que no intercediera en mi campo visual e inspeccioné las entretelas del preparado frito; mis ojos toparon entonces con una tira de vegetal de un verde alicatado que se alargaba por debajo de la masa de queso, y que daba, directamente, por su reverso, con el manto inferior del rebozo. A continuación adelanté unos centímetros suplementarios mi cabeza hacia la mesa y posé mi vista con más atención en ese coágulo inesperado impregnado de verde mate, que con toda probabilidad era lo que había impedido el corte del tenedor. Se trataba claramente de una tira de vegetal, de un grosor astifino y menos lisa de lo que me había parecido al primer instante; a lo largo de su superficie, de un uniforme verde diluído en tonos claros, presentaba algunas irregularidades de textura en forma de leves abolladuras, y exhibía en todo su largor, una perfecta autonomía de ubicación con respecto al queso y a la cápsula de la capa frita en la que venía encajada, como si se tratara, esa tajada verde, de un compartimento estanco; de hecho, habría reultado sencillo, tirando de la punta de un tenedor clavada en ella, extraerla por completo. Me fijé un último instante en aquél elemento y entonces recordé la frase de la camarera de piel aceitunada al inquirirle sobre qué eran los jalapeños y si tenían alguna relación con los crêpes o con cualquier cocinado a base de harina y huevo :" Oh,no; los jalapeños son pimientos" me dijo; e instantáneamente resolví el enigma sobre ese primer plato; estaba claro que la segunda camarera, la que había depositado el plato en mi mesa, la chica de los turbadores ojos azules, tan azules que parecían elaborados con expresiones de materia extraída al cielo, no se había equivocado y que esas croquetas de mi plato eran los jalapeños. Reparé entonces en que la información que me dió la primera de las camareras no había sido la más precisa; era obvio que los jalapeños, si eran aquellas líneas vegetales inseridas en las croquetas como todo apuntaba a que sí, eran pimientos pero formaban parte del plato, al menos en cuanto a visualidad y presencia, de manera secundaria y recóndita; participaban en él, eran parte del plato, de su estructura constitutiva, pero no eran el plato, no lo dominaban, cosa que sí había imaginado al comprobar que ostentaban la titularidad nomimal del cocinado, e idea la cual, vino rubricada por la camarera caribeña con su, en esos momentos, indeleble frase " Los jalapeños son pimientos". Sí, devenía obvio que lo eran, me repetía, pero parecían ser un ingrediente secundario, de tercer orden, hurtado a la vista por el cierre hermético del rebozo y anegado solapadamente entre las untosas capas del queso fundido. Me pregunté como siendo esto así, detentaban la nomenclatura del plato; ¿No habría sido más exacto especificarlo taxonómicamente como "Croquetas de queso con tiras de pimiento jalapeño " O tal vez "Buñuelo frito de queso con grumos inseridos de pimiento jalapeño" Todas estas denominaciones me habrían parecido con claridad, más anexas a la constitución real del plato; y sin embargo eran los jalapeños, esas finísimas lonchas de vegetal casi indetectables a la pupila, los que ostentaban el peso denominativo; me dije que había de existir un motivo para que esto fuera así. Resuelto el primer enigma de si la camarera se había equivocado o no, y de si ese plato se correspondía al de jalapeños, había emanado al acto un segundo misterio para mí; ¿Por qué los pimientos jalapeños, teniendo una presencia tan insignificante, se arrogaban con la titularidad denominativa del plato? Dejé por un momento el tenedor en reposo, bebí un poco de cerveza de la copa abombachada y me dispuse a intentar desentrañar ese misterio en cuanto la temperatura de las croquetas empezara a remitir..."

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