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La degustación del primer esbozo de jalapeño me había propulsado el apetito, y con rapidez a partir de ese instante, fuí dando cuenta de los siete remanentes de croqueta que aún se solazaban en el plato. Con la cabeza un poco inclinada, mascaba con ritmo pausado, intentando imbuirme del vaho del queso aromatizado que maridaba con el intenso sabor aportado por la capa de pimiento. Y fue justamente en el transcurso de la deglución de la o cuarta o quinta porción de croqueta, que el misterio que por unos lapsos me había intrigado en relación al porqué el pimiento jalapeño se veía arrogado con la nomenclatura del plato cuando tan sólo aportaba un testimonial porcentaje de presencia, quedó desvelado.Y es que en el curso de uno de mis movimientos de diástole mandibular, topé con una tira de pimiento especialmente virulenta que me dejó el cono y las paredes de la boca en un estado de picante ignición. Fue una sorpresa sobrevenida, pero no integral porque ya, a medida que había ido troceando dentalmente, la sensación de saña del picante, que en el primer prensado se me antojó atemperada, fue expandiéndose a cada tríada de mordiscos, en un crescendo gradual y persistente; como resultado, la boca se me había ido encendiendo con cada porción de croqueta, pero lo había hecho sin aspavientos y de manera más bien encauzada, y el picor generado resultaba conllevable; por ejercicio divagatorio mero, mientras seguía masticando, había calculado el incremento aproximado de sensación de encendido que se producía en cada nueva porción del jalapeño y lo multipliqué por las croquetas que aún me quedaban y resolví que el total acumulado en la percepción picante última al finalizar el plato, entraría sin apretujos dentro de lo aceptable. Sin embargo, en un punto por determinar de esa cuarta o quinta croqueta, todos mis cálculos colapsaron. El cortante de mis dientes topó con un islote contornos más duros y correosos imbricado en la superficie del jalapeño; noté con precisión como todo el resto de preparado se iba difuminando envuelto en la humedad del hálito salival, pero esa porción permanecía inasaltable, como un enclave de irreductibilidad infisionable balanceándose indiferente al vaivén de mis cronometradas dentelladas. Dadas las pequeñas dimensiones de ese montículo de jalapeño, que con seguridad no iban a presentar ninguna renuencia a ser ingurgitadas, debería haberme olvidado de ese repecho vegetal insignificante y enviarlo en bloque esófago abajo; pero en un gesto infantil insistí en desmenuzarlo y apreté con más fuerza con los dientes; entonces percibí un leve crujir opaco, como si se hubiera quebrado la cápsula exterior de una gragea, y casi instantáneamente se virtió en mi torrente bucal un pequeño riachuelo de líquido denso y deflagrativo que me puso la lengua, las encías y las paredes bucales en un rapidísimo estado de combustión que se multiplicó en cuestión de de un muy conciso lapso. Tuve que detener al acto la masticación y por un remoto instante me reconocí en la casi perentoriedad de eyectar el quimo masticado; pero conseguí, al último momento y por poco, eludir la embestida de esa sensación. Con dificultad,y mientras abría los labios en una alta gradación para facilitar la entrada a mis aposentos bucales del aire fresco que envolvía el comedor refrigerado, retomé la mandibulación y fuí terminando de prensar los últimos brotes algo sólidos del jalapeño; lo hice esta vez, con mucha precaución, sin friccionar apenas con los dientes, con la boca casi dolorida por el picor y evitando en todo momento, efectuar mordiscos de naturaleza penetrante que pudieran despertar la bestia picante por una segunda vez. Pasados unos momentos y mientras el paladar seguía intacto en su efervescencia de llamarada, realicé un empellón tragante a las últimas virutas de jalapeño y los envié garganta abajo. Hecho esto, con la boca a grandes rasgos ya inhabitada, levanté un poco la cabeza, abrí de nuevo los labios hasta casi el máximo de capacidad de desdoble en sus comisuras, y con la mano derecha volví a intentar encauzar aire húmedo circundante hacia donde las emanaciones picantes seguían en sus agresivas maneras; en simultáneo, con la mano derecha alcancé la copa ventruda que me seguía flanqueando y que aún conservaba algo de cerveza; me la llevé con ademán veloz a los labios y vertí todo su contenido hacia mi esófago, tratando de apagar la combustión que seguía batiendo furiosa en lo que parecía una sucesión sin fin de olas encrespadas en su fulgor picante,pero derivó en una acción abiertamente estéril: con los minutos la cerveza había ido perdiendo el frescor y las emanaciones picantes apenas se resintieron a su contacto: la veta agresiva de pimiento jalapeño de la quinta o sexta croqueta me estaba dejando el paladar y la boca completamente anestesiados,como si acabaran de administrarme un puñetazo kilométrico; o como si se trataran de unos órganos exógenos a mí. Y lo peor era que la sensación no aminoraba. Cogí entonces la botella de cerveza y vacié los últimos grumos líquidos que quedaban en la copa y me los embebí; pero en idéntico a lo que había sucedido antes, apenas percibí un apunte lejano de liquidez balsámica en medio del furor abrasante que la cápsula de jalapeño, que yo me había empecinado en quebrar, había generado en mi boca. En paralelo, empezaba a notar como el calor intenso por la combustión de ese lignito vegetal, se iba esparciendo por otras circunscripciones de mi cuerpo; noté como mis pómulos iban adquiriendo temperatura a ritmo rampante y los pelos llanos de los brazos parecieron encrespárseme; y un sudor de géiser abatido empezó a deslizarse acompasadamente, por mi frente. Por todas partes el organismo me mandaba señales de que el hálito calcinante empezaba a cernirse sobre ellas y el cuerpo se me sobresaltó; por un momento, en un gesto preñado de telurismo, hice acopio de levantarme, sin saber muy bien lo que eso podía aportar a la aminoración de la combustion; pero percibía que ante los envites de furia de lo picante había que proceder de algún modo y me resultaba imposible permanecer hierático ante una tal avalancha dentro de mí, de rescoldo etéreo, desbocado y furibundo. Iba pues, a incorporarme con ese fin de cuya concreción me encargaría más tarde, cuando a escasos metros de mí, entre las tinieblas de lo flamígero,ví una sombra de contornos embriagadores, embutida en una tela azul marino que se extendía a lo largo de unas formas insuperablemente cinceladas, en un adosamiento perfecto. Reconocí las turbadoras formas y el volumen denso de la camarera de los ojos azules y al acto, erguí la mano en gesto solicitante, a la vez que pormenorizaba silábicamente un levemente agitado:-"Sí, por favor" Entonces su figura de ninfa de bosque de abedules se detuvo y enfocó su rostro ebúrneo hacia mis posiciones; la chica había percibido mi instancia verbal y se disponía a atenderme: entre las oleadas de calor que seguían proyectándose desde mi paladar y que enturbiaban lo circundante elevé un poco más la vista; topé por décimas con sus ojos; y entonces la sensación de picor y de borboteo térmico de la garganta se me disipó en seco; me quedé embobado, observando boquiladeado y ajeno a toda imprecación corporal, ver avanzar hacia mí a esa armónica figura, elevada y gracil, casi ingrávida, coronada por dos destellos impresionantes de luz azul turquesa que parecían moldear y polinizar todo cuanto alcanzaban...

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