lunes, 1 de diciembre de 2008

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Con el jalapeño ya establecido y quieto en el centro del plato, me proveí del tenedor y lo aproximé al cocinado. Entonces clavé el cuatridente en la cremosa acumulación de queso que se ofrecía, sin égida protectora de rebozo ninguna, franca a la penetración. El cubierto se hundió unos centímetros hasta que sus puntiaguadas puntas vieron obstruído el descenso al topar con la superficie allanada del plato. Elevé entonces el cubierto unos centímetros y ví con alborozo contenido que el jalapeño había quedado finalmente fijado en la horquilla; verificado esto, acerqué la croqueta lentamente hacia las primeras ondulaciones de mis labios; hacía muy poco que acababa de palpar el frito con la yema del dedo y tenía aún humeante consciencia táctil de su casi perfecto grado de refrigeración, pero a pesar de ello, detuve la trayectoria aproximativa del preparado unos instantes; soplé entonces con las lomas de los labios eyectándose hacia fuera, un par de veces sobre el manto áureo del rebozo a fin de asegurarme un último aval de criotemperación y terminado de expandirse el último soplo, deposité definitivamente el jalapeño en la cavidad de mi boca. En seguida noté que su temperatura era la idónea, y empecé a masticar, con los ojos semicerrados intentando por un transcurso, embeberme de toda la potencial savia gustativa incardinada en la croqueta. Mientras basculaba las mándibulas me concentré en la acústica que desprendía el rebozo al ser triturado: era una concatenación de sones algo alargados y con cierto rocío de eco cavernoso de fondo que fueron convirtiéndose en tonos más quebrados, secos y crepusculares a medida que la trituración avanzaba, hasta que, consumidos unos segundos de presistente licuación del magma asalivado, mis dientes empezaron a restañar entre ellos, a brevísimos actos: era palpable que cada vez se interponía un menor volumen de materia masticable entre sus tensores esmaltados. Desmenucé entonces, y a mucho menor impulso, un trecho más y al final se hizo el silencio; la primera porción de croqueta había sido volatilizada. En paralelo, mis papilas habían empezado a verse inundadas por el despliegue gustativo ligeramente dulzón del queso de la croqueta y de la tira del pimiento que le inyectaba un reverso complementario de sabor picante. Era una combinación agradable; suave en sus filamentos de textura, pero expeliendo sabor intenso, en un contraste transversal bien culminado.

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