lunes, 6 de julio de 2009

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Con todas estas disquisiciones que exigieron unas concentradas series de segundos, se me había mitigado la sensación de ardor bucal y regresé a la mesa. Después de sentarme, volví a teclear con el móvil el número de Astrid pero de nuevo me topé auditivamente con la voz enfrascada del contestador ante lo cual desactivé la comunicación sin haber silabeado fonema alguno a; deposité entonces el móvil en la mesa, junto al plato de los jalapeños y proyecté, desflexionando el dedo corazón previamente encogido, un golpe seco a uno de los bordes laterales del aparato; como efecto de la aplicación de fuerza, el móvil empezó a girar sobre su eje y me entretuve unos instantes viendo como sus rotaciones por un momento se acrecentaban para ir perdiendo rápidamente velocidad hasta detenerse en una semi diagonalidad con respecto a mi mano...¿Qué podía hacer? Una de las posibilidades era presentarme en casa de Astrid, hablar con ella e intentar reencauzar la situación; sabía donde vivía,a unos 30 minutos a rebufo de pistón, calculaba, del restaurante mexicano; era un trecho considerable y además yo no venía motorizado; también sabía que el transporte público cubría la ruta, pero desconocía horarios y los puntos de embarque con lo que la única posibilidad consistía en requerir un taxi; volví a girar la cabeza hacia la calle y observé a través del complejo de vidrieras del restaurante, como en muy poco margen, tres taxis, dos de ellos con la luz verde restallando en la atmósfera vaporosa de la noche, cruzaban en sentidos opuestos, en una proporción de dos a uno, la céntrica calle; era evidente que encontrar plaza en uno de ellos no me iba a costar casi demora, pero seguía pensando que 30 minutos eran un margen peligrosamente amplio;un tiempo de sobras para que Astrid, empujada además por los efectos catalizadores de su irritación, preparase sus cosas en un remolino de abrir y cerrar de armarios, cajones y cremalleras de maleta, se subiera al coche y enfilara hacia la Vall d Aran; unos 30 minutos a los cuales debía añadir todos los que habían transcurrido desde que había recibido su teletipo al móvil; y por supuesto los que me comportaría, dos como mínimo, el dejar la cena a medias, bajar al comedor, acercarme a la caja, pagar, salir a la calle y esperar el paso del primer taxi con el gálibo clorofila enfatizándose entre los surcos de humedad esponjosa y palpitante de la trémula noche de verano que envolvía la ciudad.

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