viernes, 10 de julio de 2009

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La idea de que Astrid sí necesitara emplear cierto tiempo en elaborar la maleta volvió a rescatar la posibilidad de abandonar el restaurante y salir a su encuentro;con todo,algo seguía dictándome que la operación no terminaba de estar clarificada y que cabía la posibilidad de que estuviera impregnada de un cierto halo alocado, con lo que, tras propugnar una cierta elevación de muslos con finalidades levantatorias, volví a dejarme caer completamente en la silla al tiempo que expectoraba un nítido chasqueo lingual; de nuevo no sabía como operar y me sentía envuelto en una atenazante, mullida y romboidea malla de indecisión, de la cual pretendí huir cursando la vista hacia la secuencia polícroma de escenas en desarrollo del comedor, mientras a la vez, y sin casi darme cuenta, volví a hacerme con el móvil; la solidez de sus compactos contornos parecía ejercer de antídoto a la sensación de caída en fosa abierta que generaba el vapor de duda sobre cómo actuar en lo atañente a Astrid, a la descoyuntante disyuntiva de si debía partir al intento de su encuentro, o bien dar la comunicación con ella esa noche, ya por enteramente irrealizable; pero idear esta última posibilidad me causaba una sensación de rechazo primigenio y voraz y una desacequiada hinchazón de pómulos; inmerso en este vaivén de impresiones, levanté el móvil y súbitamente volví a marcar la combinación de Astrid, con el remoto pensamiento de que quizá hubiera decidido arrancarlo otra vez en confluencia con la red, pero me topé con idéntico resultado que las veces previas; el artilugio seguía desconectado. Deluso, me zafé del móvil, al que en ese momento asociaba a metempsicosis de mi desazón, dejándolo caer levemente desangulado encima de la mesa y me giré a la derecha; deslicé entonces mis brazos hacia la baranda que me flanqueba y me apoyé, ladeando ostensiblemente el cuerpo, en el deslizamiento de madera que la coronaba; en ese momento, dirigí la vista hacia la calle y la fijé casi en modalidad abstracta, en los movimientos rodados que se seguían sucediendo sin interrupción; las luces de los coches me llegaban difuminadas y brumosas, desprovistas de todo contorno sonoro, mientras las farolas seguían propalando sus rutinarias incandescencias ámbar-amarillentas;el vigor de la escena exterior contrastaba con la calma aséptica con que la distancia, y el conglomerado de vidrios de la magnífica portalada vítrea, la depuraban hasta hacérmela llegar ablandada, esponjosa y punteada de ingravidez...

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