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Unos 35 minutos-continué pensando-es lapso más que dúctil como para que a estas horas Astrid ya esté camino de los Pirineos, con el móvil apagado, aún burbujeando su enfado conmigo y con el probable propósito de olvidarme asentándose entre sus intencionalidades más inminentes; con estimación factible- proseguí- si me decidía por abandonar la cena, inserirme en un taxi y cruzar la ciudad a correduría de su avanzar, franquear dos términos municipales distintos y finalmente presentarme en chirriante frenada de néumaticos ante la puerta de la vivienda de Astrid, lo más fundado es que me hallara con la primera puerta, la de acceso al jardín ya cancelada y con todo escenario urbanizado posterior a ella en silencio y densa penumbra...No sabía exactamente como proceder; el análisis crucigramado de los hechos me acababa de instar a pensar que salir a su encuentro sería estéril, una pérdida de tiempo, crematismos, ansias y palpitaciones; pero por otra vertiente, algo me empujaba a hacerlo, como si el hecho simple de inmiscuirme en acción, por si sólo y sin relación con si surtía rendimiento o no, atenuara el rasguño anímico que la noción de una Astrid perdiéndose definitivamente en mi horizonte, me producía... Por un par de veces hice amago de levantarme y abandonar el restaurante, pero terminé por derogar ambas y permanecí sentado en la mesa del comedor elevado observando inatentamente las evoluciones de los inseridos a sus mesas, mientras no dejaba de cavilar; y es que tenía la sensación de que algo, en medio de esas referencias de tonalidades opacas, parecía emitir algo de sustancia lumínica; porfié un instante, casi con los ojos cerrados, para atrapar esa noción y al fin pude dar con ella; con un acorde de expectativa recobrado, recuperé una referencia que no había tenido en cuenta en mis cábalas previas; en todas ellas había imaginado a una Astrid con resabios de enojo por mi demorarme en contestar, haciendo las maletas de un impulso y saliendo disparada de casa;esa era la versión monocolor que había estado manejando; no obstante, a tenor de lo que acaba súbitamente de recordar, esa lectura monocorde debía ser revisada; Astrid era una chica muy coqueta; una de sus amigas me dijo cuando apenas yo la conocía, que solía invertir una hora en arreglarse; y yo mismo recordé que en el coche, el último sábado, mientras la acompañaba de regreso a casa, le comenté que me encantaba la camiseta naranja que llevaba; ella sonrió como aliviada y me dijo que le hacía especial gracia saberlo porqué hasta el último momento estuvo dudando sobre qué camiseta ponerse de un elenco de tres; y que de hecho se había decidido por otra de color verde limón, pero que cuando estaba saliendo de casa se vió reflejada en los cristales de un coche aparcado y dio media vuelta porqué le pareció que la parte posterior de la camiseta que era un poco más clara, no terminaba de conjuntar con los tejanos desleídos que llevaba, y que ya de regreso a su cuarto, se desentendió de la camiseta verde y terminó por ponerse la naranja, no sin antes ponderar la posibilidad de colocarse la tercera que era, si mal no recordaba, azul turquesa. Todo estos datos recuperados finalmente, venían a dinamitar la escena de una Astrid componiendo en par de minutos la maleta para irse de fin de semana a la Vall d'Aran; dado su nivel de coquetería- pensé- y por mucho que estuviera agraviada, para encapsular su equipaje con vistas a un fin de semana largo fuera de casa, precisaría de mucho más que la cifra de minutos por la que yo, a contrabombeo, había apostado; me reconfortó haber reparado en el dato de la acurada afectación que Astrid otorgaba a todo lo relacionado con su imagen, y en el cambio de matiz de situación que tal cosa conllevaba; tal vez, con una Astrid largamente dubitativa ante el despliegue de ropa de su guardarropía, la idea de aprehender un taxi que me condujese a través del vaho húmedo de la ciudad hasta su casa, con probabilidades de hallarla enfrascada aún en los trámites de llenado de la maleta, no semejaba tan disparatada.

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