lunes, 13 de julio de 2009

31

Me quedé un rato en esta posición contemplativa, con la cintura bucleada, observando la calle e intentando insuflar en esta acción la totalidad de mi atención; la incógnita sobre cómo proceder en relación a Astrid me producía una tan tupida concentración de ideas enmarañadas que, por contraste, la elementalidad y primitivismo de las escenas anónimas que se producían en el asfalto ( simple interposición de desplazamientos rodados entrecruzados ) me alcanzaban como momentos de un paisaje delicioso, ovillante, casi bucólico; poco a poco, con todo, y a pesar de las sugestiones que la situación me remitía, la cintura me fue mandando señales de que la torsión a la que la sometía en mi extraña pose alabedada, le producía una rigidez curvada excesiva y decidí volverme a situar ante la mesa, ortodoxamente sentado; fue en ese punto, mientras corregía las coordenadas ubicacionales del esqueleto y mientras mis ojos se veían forzados, por ello, a abandonar la balsámica contemplación de la calle, que reparé en que en la pared que quedaba justo en frente de mí, al otro lado del comedor, un poco levantado por encima del discreto módulo de la caja registradora, se hallaba, adosado a un breve ángulo de la pared, un voluminoso aparato de teléfono, de imaginable estado de servicio a disposición de los clientes. El artilugio, en su abultado caparazón de plástico a extremos verde, a extremos negro, con el hilo del receptor anárquicamente curvado en su torpe caída, parecía, en su confín aislado de la pared, un armatoste de otro era, un artilugio chirriante de volúmenes exagerados y antipáticos, algo parecido a un fósil técnico viviente, desatendido e ignorado, totalmente superadas sus prestaciones estético-técnicas por las densas posibilidades de los ingrávidos teléfonos de bolsillo.

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