martes, 18 de agosto de 2009

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Me dirigí entonces hacia el fondo del modesto comedor, bordeando al único cliente que en ese momento registraba el local; se trataba de una figura espigada, sentada de espaldas a la puerta y embutida en un chocante y desgastado abrigo de lana azul oscuro; así que lo hube superado, completé unos pasos más y me paré delante del teléfono; descolgué el receptor que presentaba algunas desagradables viscosidades adherentes al tacto y apliqué mi oído al encaje negro del plástico superior;lo hice con cierta prevención porque en la parte donde se observaban los orificios que ocultaban el aurícular, el trasto mostraba algunas manchas inconexas de presumibles potencialidades aglutinantes; completada, a cierta distancia, la interacción entre mi lóbulo y el teléfono, pasaron unos segundos y al poco, me llegó un debilitado indicador de establecimiento de linea;entonces tomé dos de las monedas que había mostrado al hombre de la barra y que aún guardaba en la palma de la mano y las introduje en la ranura metálica que se izaba en la parte superior del armazón de plástico; las interioridades del teléfono acogieron con un click seco la primera de las monedas, y al instante pude leer la cifra de 1 Euro de saldo disponible a través del embadurnado cristal de la pantallita; la segunda moneda por contra, y sin motivo aparente, no fue bien interiorizada por el mecanismo de captación del artilugio y la envió chirriante a la ranura de devolución de cambio;sin entender la motivación de la repulsa, bajé la mano y empujé con la yema de un dedo el pequeño tope de plástico móvil que tabicaba la ranura para evitar que las devoluciones cayeran al suelo y me apoderé de nuevo de la moneda;iba a apretujarla, en un renovado intento, en la ranura de captación de piezas, cuando distraídamente leí otra vez la cifra de 1 Euro estabilizada en la mugrienta pantallita digital y pensé que tal vez esa cantidad de saldo sería suficiente para las dimensiones de la llamada que presuponía y que por tanto podía prescindir, al menos provisoriamente, de insertar la segunda;en todo caso, proseguí, siempre podría seguir el curso de la disminución de saldo por los números de la pantalla y si observaba que la cifra se aproximaba a cero, introducir la segunda unidad; aprobé en seguida esa consultoría y me guardé la pieza rechazada en el bolsillo del pantalón;entonces,con la mano ya libre, y mientras seguía sosteniendo un poco incomprensiblemente el receptor con la otra mano, extraje del bolsillo de mi camisa, una tarjeta con la dirección y el teléfono del hotel en el que nos alojábamos; en el extremo superior de la tarjeta, en trazo grueso, letra fea y solapando algunas de las letras originales impresas, estaba escrito el número del móvil del guía del grupo;coloqué a continuación la tarjeta en un pequeño saliente que ofrecía la estructura de soporte al teléfono y fui marcando la combinación en los salientes de plástico numerados; lo hice sin equivocaciones y al terminar, después de unos segundos de atenuación de la línea en los que dí la llamada por evaporada, percibí el sonido metálico característico de la transformación en consolidado flujo telefónico de las apetencias llamantes; mientras esperaba que al otro lado el guía descolgase, me entretuve observando el número 8 del teclado que acababa de usar; la cifra apenas se detectaba bajo el manto de lo que parecía un calcificación dura de diversos estratos precipitados de grasa ambiental;todas las demás cifras, y el conjunto del teléfono, y la pared donde éste permanecía anclado, aparecían recubiertas por la misma pátima de embadurnamiento pero en la superficie de la tecla del ocho el fenómeno se revelaba especialmente intenso lo que, en el tedio de la espera de la llamada que no se contretaba, atrajo con cierto magnetismo, mi atención.

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