lunes, 27 de julio de 2009

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Las bisagras de la puerta en abrirse, habían difundido una queja, aguda y chirriante; a su vez, el listón inferior de madera de la portezuela, rascó la superficie algo abollada de las baldosas del suelo; ante esta fanfarria conjugada de tonos cacofónicos, el voluminoso hombre de detrás de la barra, segregó la vista del periódico que estaba leyendo y levantó pausado su redondeada y alopeciente cabeza para dirigir su calmosa mirada hacia mi;una vez estuve encuadrado, me observó un breve momento y después pronunció con una voz de timbre algo diluido:


- "Bonjour monsieur".



Yo aproveché el cebo de la frase y la avanzadilla de mis pasos que me colocaron, con la única interposición obvia de la barra, delante de su prominente barriga, para desplegar observación; su aspecto daba a entender unos ampliamente sobrepasados 50 años; era bastante alto y de perfiles corporales expansivos y redondeados; para estar instalado en una isla mediterránea, lucía una tez extrañamente pálida y de los laterales y del posterior de su cabeza, grande y calabácea, emanaban diversas ristras de cabellos, negros y muy finos, moteadas en algunos de sus enclaves, por un blanco apagado de cal; a pesar de que el local era algo lóbrego y la temperatura templada, su consolidada calva relucía con abudantes gotas de sudor, de un gris oscuro y de contornos marcadamente ovalados;al mover la cabeza para mirarme, la parte baja de su mentón, que ofrecía, a la manera de dos superpuestas rodajas, dos pliegues contiguos de grasa, comprimido el retoño, desbordado el pliegue-madre, se agitaron tremolosos en al aire y su balanceo no se aquietó hasta que la impactante cabeza consiguió enlazar unos segundos de inmovilidad; el hombre escrutaba sin mucho nervio y su mirada, de poco voltaje, parecía impregnada de un halo de plenipotente bondad; a la vez, y quizá como efecto del peso forzosamente grande de la cabeza, el tórax y sus hombros escasamente anchos, se inclinaban hacia adelante; por vía de un diámetro notable se expresaban sus pálidos brazos y en los extremos de éstos, unas manos orondas y marcadamente carnosas seguían inmovilizando las páginas del periódico que yo había avistado desde el exterior y que ahora observé que se trataba de una publicación deportiva; había transcurrido de hecho, muy poco tiempo desde que lo había avizorado y el periódico permanecía con naturalidad enclavado en la misma página que exhibía, en su plano central, la fotografía de un portero de futbol en uniforme verde siendo batido por un disparo cruzado; en el casi profuso silencio del local, la voz del hombre emanaba tranquila y sin estridencias, y me fijé en que toda articulación verbal suya había forzosamente, de emanar al exterior tras superar el filtro de unos protuberantes pelos de bigote acastañados que en su trayectoria descendente y curvada, casi se le introducían dentro de la boca.


-Bonjour Monsieur- le respondí con voz entumecida por los muchos minutos que habían pasado sin que yo hubiera verbalizado nada en clave centrífuga.

-Qué es lo que Usted desea?-hizo el hombre con su blandeza de formas, de mirada y de voz.


-Puedo usar el teléfono ?

-Por supuesto, Monsieur;está ahí - me indicó levantando su brazo de radio abultado y carnes fofas, mientras lo extendía hacia el objeto adosado a la pared, unos metros más allá, al que yo desde la lejanía ya había intuido como el aparato llamante que el adhesivo de la puerta proclamaba.


-Merci -le dije; e intentado afinar lo más posible fonéticamente lo que me parecía una frase ya bastante más compleja, añadí-"Puedo usar monedas para telefonear?

Mi dicción al usar el francés era un poco rara; siempre lo había sido; el hombre contrajo un momento los mofletes y redujo la obertura de los ojos.

-"Pardon monsieur?"

Yo me intenté concentrar más en la frase y la doté de más longitud:

-Quisiera saber si el teléfono puede funcionar con monedas.

El hombre me siguió interrogando con la mirada, diferiendo aún más la redondez de sus ojos marrones;era obvio que seguía sin entenderme;pasaron unos momentos en los que la situación permanecía inoperante; me preparaba para una nueva reelaboración de frase cuando, propulsado por un calambre de súbito instinto, me vi llevando la mano a uno de mis bolsillos y extrayendo una agrupación de monedas;se las mostré a continuación e insistí en la idea:

-Puede el teléfono funcionar con monedas?

La inexpresividad de su mirada desapareció al verme asir las piezas y por primera vez, un remoto fiblón de luz pareció instalarse en sus ojos:

-Por supuesto, por supuesto, Monsieur;funciona también con monedas-me dijo en un tono más mentolado de voz.

-Perfecto-dije yo, e inicié maniobra de aproximación hacia el fondo del breve comedor donde silente en una pared, se hallaba el teléfono; sin embargo, antes de darme por completo la vuelta, dirigí una suplementaria breve mirada al hombre, que pasado el destello por la comprensión de mi pregunta, volvía a adoptar su tono apacible de formas, mientras bajaba su cabeza de mastodonte hacia las páginas del periódico deportivo, las cuales, entre sus blandas manos, seguían inmovilizadas en la amplia crónica sobre un partido de fútbol, crónica que se complementaba con la fotografía de un portero en uniforme verde siendo batido por un avieso disparo cruzado.

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