viernes, 24 de julio de 2009

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Con paso prolífico crucé la plaza, pasando por debajo de la turgente sombra proyectada por las desbordadas ramas de los dos tilos y asomé en cadencia, por una calle estrecha inédita a mí hasta entonces; seguía buscando el distintivo de una abacería de tabacos o bien el logotipo de la empresa nacional francesa de teléfonos porqué quería hacerme con una tarjeta con vistas a poder efectuar llamada desde la hemicabina de la plaza que estaba dejando atrás; el callejón por el que me desplazaba resultó ser peatonal y tenía el suelo empedrado, con los contornos un tanto irregulares; el día seguía tranquilo y apenas a cada esporádico número de pasos, me cruzaba con transeúntes de lentos avanzares y aire ensimismado; consulté mi reloj y establecí que si en dos minutos no había tenido éxito en la exploración de fachadas, pasaría a preguntar a algún viandante sobre sus conocimientos relativos a la ubicación del tipo de establecimiento que deseaba encontrar; unos avances más allá, la línea de casas que me quedaba a la derecha se abrió de pronto y topé con una breve escalinata de peldaños abotargados y de color tierra, que conducía a la entrada de una iglesia; a pesar de lo rústico de la escalera, y de que tenía la tarea de dar con lo que buscaba en curso, sentí un envolvente impulso de trepar por ese desnivel escalonado; me paré entonces un tanto brusco y empecé a subir el amontonamiento de peldaños con ritmo dotado de cierto fulgor; sin embargo el trazado era más breve de lo que supuse y en seguida me hallé ante el corto rellano de intersección que conducía al pequeño templo y mi ascenso vino en diluirse; crucé entonces, a impulsos aun de la energía ascendente sobrante, el breve resquicio de terreno que me quedaba por delante y me detuve ante la sorprendentemente voluminosa puerta de entrada a la iglesia; el portón presentaba dos compartimentaciones convergentes en un punto cerrante central y era de madera algo desgastada y pintada a trazos y capas desiguales; a la altura de mi ombligo quedadan dos pomos metálicos, de acrobático diseño y pecas de óxido sobre todo en las sinuosidades superiores; sin meditarlo mucho los empujé, pero tal como supuse mientras ejecutaba la acción, estaban bloqueados por de dentro con lo que mi progreso cinético quedó frenado; alcé entonces la vista y contemplé unos instantes el breve tímpano cincelado que culminaba el dintel de la puerta y la escena bíblica que en él se representaba; los segundos observativos transcurrieron rápidos;luego dí media vuelta, recorrí de nuevo la escalinata ,esta vez en descenso, en una sílaba y una vez ya en la acera volví a interrumpir mi cadencia y levanté los ojos hacia el campanario que en elevación modesta, despuntaba por encima del tejado de la iglesia; era una construcción de piedra caliza, de tallo bien establecido, y de diseño redondeado y orondo; sin temor al deslumbre por el sol, cuyas reverberaciones me quedaban de espaldas, fuí alzando los ojos poco a poco, recorriendo pausado el bastidor del campanil; en algunas de las comisuras entre piedra y piedra, despuntaban lánguidas y colgadas sobre el vacío, unas breves expresiones de hierba arrastrojada, de aspecto un tanto torturado por su inerme exposición al sol; algunos de los cantos, a la vez, traslucían erosiones a ratos acentuadas, como si estuvieran aquejados de algún tipo de caries mineral; en un punto ya más elevado, el campanario presentaba adosado una fuente de recepción de cableado eléctrico, vetusta y con los hilos curvándose en unos conos inversos de mármol, para salir despedidos en diagonal hacia la parte reversa de la calle; en un sector más alto, limitando casi con su techo plano, del campanario irrumpían una media docena de gárgolas, de formas desiguales y perfiles virulentos e inextricables, desde mi posición, en cuanto a su narrativa; me entretuve entonces un rato observando los pequeños ventaniles que culminaban la torre, a través de la escasa obertura de los cuales, se distinguían los nítidos contornos de dos campanas, silenciosas en su caparazón de hierro negro moteado por islas de un fuerte, casi anaranjado marrón óxido; un escaso trecho más arriba, ya en el extrañamente llano techo del campanil, se apreciaban, jugando con el vacío desde los bordes de la elevación pedrada, un grupo de palomas incansables en sus movimientos frenéticos, repetitivos y vivos; por momentos, algunas de ellas se evadían de mi enfoque, perdidas hacia la parte posterior del remate del campanario, sólo para regresar poco después con el mismo paso nervioso con el que se habían eludido; algunas de ellas tenían la cabeza de un compacto verde brillante que restallaba metálico con el caer de los rayos del sol, mientras se inclinaban una y otra vez hacia la obertura queda de la calle; elevé en ese punto, un poco más la vista y topé con el esponjoso azul del cielo; el campanario ya no daba más de sí en extensión y poco a poco, sin acritud de movimientos, fui bajando gradual la vista, y pasados unos segundos, me encontré de nuevo observando los peldaños ocres de acceso a la iglesia; consulté entonces mi reloj: habían pasado unos 5 minutos desde que me doté del punto de 2 como máximo para evaluar como estéril o exitosa mi autobúsqueda de estanco o de tienda de la empresa nacional de teléfonos francesa, y actuar en consecuencia; pero esos cálculos, obviamente, no habían tenido en cuenta el paréntesis observante provocado por la tentación ascendente de la escalinata y los rehice; rememoré un poco y establecí que quizá había serpenteado por la calle peatonal un minuto y medio antes de que diera con los accesos apeldañados a la iglesia, con lo que pasaba a disponer aun de unos 30 segundos para intentar dar con el tipo de establecimiento que buscaba; cerrando definitivamente el episodio de la iglesia, dejé la escalinata atrás y proseguí el esmerado escrutinio de fachadas y de locales comerciales a banda y banda de la estrada peatonal; los segundos pasaban veloces y fue casi al final del plazo de los 30, en el segundo 27 o 28, que dí visualmente con un adhesivo ideogramático de teléfono adosado a la modesta puerta de acceso a lo que parecía ser un pequeño restaurante; me paré en dos pasos y miré desde la acera hacia el interior del local; distinguí una barra de madera con algunos taburetes también leñosos delante y dispersadas en sus cercanías, unas pequeñas mesas; el local aparecía pobremente iluminado y una figura de contornos marcadamente adiposos, leía en pie un periódico desplegado detrás de la barra; delante de él, en una de las mesas, se remarcaba de espaldas el que parecía ser el único cliente en ese momento activo en el local; escruté un poco más, a través de los cristales un tanto opacos de la puerta y acerté, no sin dificultades, a descubrir al fondo de la pared que quedaba a mi derecha, una estructura colgada en el muro con alta probabilidad de ser el servicio de teléfono que el anuncio en la puerta difundía; me alegré de la inesperada irrupción de la posibilidad de llamar desde un local, eventualidad que hasta ese instante no había contemplado, ante lo cual pasé a anular todos los proyectos circunscritos a telefonear desde la semi-cabina de la plaza de los 2 tilos; empujé entonces la puerta del pequeño local y entré en su penumbroso interior.

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