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De manera que me dispuse a intentar hallar un teléfono público con la más alta rapidez posible; no es que me preocupara mucho el factor tiempo; llegado el caso, siempre podía recurrir a un taxi que me acercara al hotel pero de momento prefería mantener las cosas en su más cercana proximidad al guión inicial; todo eso lo debatía mientras recorría dos calles céntricas con injertos a ambos lados, de restaurantes con carta a base de pescado y marisco, y finalmente fui a dar a una plaza muy aledaña al puerto, adornada en su centralidad por dos tilos inmensos; me paré en ese momento, y con la vista, fui recorriendo con detenimiento el perimetro de esa ágora de pequeñas dimensiones;tenía la idea de que de usual, las cabinas o los dispensatorios de telefonía pública, solían estar siempre presentes en las plazas, cuánto más céntricas más factible, y me alegré al constatar de que el rectángulo plazoleta en que me hallaba no era ninguna excepción; en uno de los extremos, en perfecta diagonal desde la posición en que me hallaba, se erigía lo que parecía ser un teléfono público, enclaustrado en una diminuta semi-bóveda plastificada de color ámbar oscuro;crucé a continuación los metros que me separaban del artilugio y de su mámpara protectora y me coloqué ante ella; busqué entonces visual, la ranura donde insertar las monedas, pero no acerté a distinguir ninguna; miré y miré, pero seguí sin hallar nada de confección similar a un orificio susceptible de acoger los pétreos y cinrcunféricos bordes de las piezas numismáticas; en un momento, llegué a aplicar un dedo al armatoste metálico y lo fui resiguiendo a la búsqueda de intercisiones, pero aunque recorrí exhaustivo el bastidor del teléfono, incluídos algunos tramos de su faz posterior seguí sin dar con pliegue laminado ninguno; el teléfono, por contra, sí que exhibia una ostentosa ranura plateada frontal, pero era la destinada a tarjetas, unas tarjetas que por lo que acerté a leer en un microtexto adosado al receptáculo que acogía al receptor, sólo admitía tarjetas editadas por la compañía de teléfonos francesa; unas tarjetas que supuse uno debía adquirir en un estanco o en algún establecimiento de esa tonalidad; chasqueé levemente la lengua en la atmósfera calurosa del mediodía que se elevaba e intenté localizar, por entre la secuencia de establecimientos que circuían la plaza y sus dos voluptuosos tilos, algun comercio con el distintivo de estanco adosado a la fachada o a las cercanías de la puerta de entrada, pero no atiné a dar con ninguno; entonces me puse de nuevo en movimiento y proseguí buscando, no ya una cabina o teléfono esta vez, sino un local donde poder adquirir una tarjeta editada por la companía de teléfonos francesa que me permitiera, mediante su colocación en la ostentórea ranura frontal de la semi cabina teléfonica que acababa de descubrir, efectuar llamada al hotel donde se hospedada el guía del grupo turístico del cual yo formaba parte, para alertarle de que ya estaba en Calvi y que viniera a recogerme a las cercanías de la ensenada de la bahía, donde le aguardaría bajo el impetuoso sol de ese radiante día de finales de abril que se trenzaba por entre las callejuelas en suave elevación cromática...

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