lunes, 20 de julio de 2009

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Pero naturalmente,nada de todo eso advino; el móvil se perdió para siempre en las profundidades marinas de la costa corsa; poco después del incidente, el bote redujo su velocidad hasta casi reducirla a la nada; a continuación viró pausadamente en un imperfecto semi círculo y pasó a enfilar, con su indesprendible ronroneo motoro, de regreso hacia la bahía ;una vez la embarcación atracó en el puerto, bajo un sol ya elevado y de destellos monumentales, me despedí del marino que había hecho las veces de timonel, portavoz, guía turístico, acomodador y taquillero y bajé del bote, sin que nadie se hubiera percatado de la pérdida de mi ingenio llamante; " Bueno, al menos no tendré que preocuparme de llamar con urgencia a la compañía de teléfonos para que anulen el móvil; estaba a este respecto, muy tranquilo;en todo el trayecto no me había parecido detectar la presencia de ninguna boya delatora de actividad por la zona de submarinistas zambullidos; unos submarinistas que en sus evoluciones intentando avistar congrios o restos de arboladuras fenicias, pudieran toparse por casualidad con el artefacto y pegarse un festín telefónico en mi ausencia;y por otro lado, tenía entendido que en el fondo del mar la cobertura presentaba serias deficiencias; tampoco creía recordar, que mi móvil tuviera incardinado en él, ningún pergeño anti-humedad que le sellara la operatividad en caso de presencia de liquidez de alto contenido higrométrico en torno, ni tampoco me era en nada familiar que en el momento de adquirilo, me trasladaran que el teléfono estuviera dotado de ningún mecanismo anti-corrosión por sal marina que garantizara su funcionalidad aún en circunstancias de plena inmersión en escenarios fuertemente salinos; " Tranquilidad pues "- pensé mientras empezaba a enfilar por la ordenada y apacible ensenada portuaria. A banda y banda, las terrazas de los bares y restaurantes comenzaban a registrar cierta afluencia de turistas silenciosos y desperezándose;por todos lados, la lírica tonalidad de la lengua francesa, se elevaba suave y comedida y yo surcaba por entre sus sinuosidades fónicas mientras intentaba detectar la presencia de alguna cabina desde la cual efectuar llamada; me era perentorio ponerme en contacto con el guía del grupo con el que había viajado hasta la isla, a fin de que me pasara a recoger en uno de los vehículos que teníamos alquilado; el hotel en que nos alojábamos distaba seis kilómetros del puerto y antes de embarcarme en el bote turístico habíamos acordado que una vez regresara del trayecto, le llamaría para que se acercara a recogerme; era una operación comunicativa que naturalmente, tenía previsto realizar con el móvil, pero al precipitarse éste en las olas, había que pasar a darle un nuevo formato; "Una simple cabina de las de antes-pensé-alcanzará".

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