jueves, 15 de octubre de 2009

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El raudal verbal de Ramón el guía seguía desgranándose frenético desde el otro flanco del teléfono, lo que, a pesar de conocer sobrado tales accesos, seguía generándome palpable pasmo;en simultáneo, me anonadaba el comportamiento del teléfono del lóbrego bar corso en que me encontraba;hasta poco antes de que Ramón entrara en su despedazador rapto soliloquial, el aparato engulía a velocidad de vértigo las décimas de euro de las monedas que yo había depositado y en una fugacidad, el marcador había llegado a los 10 céntimos; en ese momento, yo ya había enviado y sonsacado la información que precisaba y el alud verbal que me vino encima me hizo tomar veloz la decisión de desechar por completo la posibilidad de que el guía me pasara a recoger con el coche que teníamos alquilado;era cierto que del centro de Calvi al hotel sólo había seis o siete kilómetros y la distancia se cubría en unos cuantos parpadeos, pero ya había tenido suficiente de aguacero verbal por parte del guía para ese semestre y la simple idea de imaginarme sentado junto a él, en un coche forzosamente con los pestillos bajados, inmovilizado por el cinturón de seguridad y recibiendo vía tímpano izquierdo todo esa munición léxica inagotable que emanaba de alguno de sus deshumanizados órganos, me producía un rechace instantáneo, con lo que resolví rápidamente que para regresar al hotel tomaría un taxi. Mientras pensaba y dilucidaba todo esto mi vista había seguido casi fija en la cifra de 10 décimos que marcaba el teléfono;había transcurrido mucho espacio desde que el número 10 se había instalado ahí y también mucho desde que empezó a destellar interminencias en señal de aviso hacia la necesidad de introducir más liquidez para que la comunicación no se cortara, que de hecho, era lo que yo deseaba;que se percibiera un click acotado y sobreviniera el silencio de una vez, y Ramón y su monólogo infinito y plúmbeo se quedaran en un dimensión inalcanzable a mi receptividad; pero ese escenario no terminaba de acaecer, por mucho que los minutos se deslizaran ininterrumpidos; para mi atónita vista, la cifra 10 seguía parpadeando sin que el teléfono se bloqueara y sin que el torrente de Ramón se contuviera; con los oídos buscando la desconexión, tomé el trozo de astilla con el que había desbrozado la tecla número 8 y con la punta más fina de la esquirla,recorrí uno de los laterales del armatoste del teléfono; a medida que la madera puntifina avanzaba, iba levantando del plástico vertical una capa informe de material grasiento que se retorcía y rizaba desordenada hasta que adquiría un peso excesivo y terminaba por caer; con gesto absorto, sin reparar un fonema en la pantalla de palabras que seguía alcanzando desde el audífono, me distraje arrancando 3 o 4 virutas suplementarias del material oléoso a las paredes del teléfono mientras la densidad y lo compacto del material desenganchado me hacía pensar en cuántas semanas habrían transcurrido desde la última vez que alguien se tomó la molestia de verter algo de líquido detergente en aquél teléfono adosado, como un adoquín de un muelle eternamente pisoteado, a la desastrada pared del penumbroso bar...

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