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Ramón el guía, persistía en su soliloquio desaforado, a un ritmo incrementado y cada vez más consuntivo;lo estaba, además, bordando en un tono de voz aún en crescendo lo que indicaba que todavía no había sobrepasado el ecuador de su alocución. Me inundaron, a destellos, convulsas ganas de colgar el teléfono y cortar con aquella hemorragia de sintagmas pero interiormente me admitía incapaz de hacerlo.El guía había pronunciado el nombre de Raquel y yo sabía que ni que fuese tras 2 cordilleras de palabras, terminaría hablando de ella. Y ante esa posibilidad, mis mecanismos de protección se colapsaban y dejaban de funcionar. Era ésa la única explicación que me mantenía anexamente postrado al teléfono, aguantando el cilicio verbal que expelía la gárgola desbocada del guía. El nombre de Raquel, ese minúsculo articulado de seis insignificantes letras, seguía ejerciendo, a pesar de las paladas del tiempo, un influjo hipnótico sobre mí tal, que me sojuzgaba a permanecer de pie, aferrado a los tentáculos de un teléfono oleoso por donde las catalípticas parrafadas del guía, seguían desgañitándose. Y en los contados lapsos en que conseguía desconectar de todo ese espiral absorbente y lograba desenhebrar la noción de Raquel de su halo mágico, la realidad de mi fustigante situación amarrado a un cochambroso teléfono, me caía encima a plomo. Pero era un lapso muy breve porqué en seguida regresaba la noción de la chica. Y entonces, de nuevo, todas esas desagradables realidades empalidecían súbitas y pasaban otra vez a serme indiferentes: tanto el chorro léxico que el guía propelía , como mi lóbulo enrojecido y borboteando dolorido por el acoplamiento al plástico duro del teléfono o mi camisa impregnada en su dorso por la grasa que el frotar de mi espalda con el muro, iba arrancando a éste.Todas estas cosas devenían simples contingencias, inermes e impotentes ante la fuerza de la noción de Raquel circulando diseminada por el aire. Se trataba de una situación sonrosante que en circunstancias convencionales me habría impelido a salir del lugar a trote desabrido; pero sin embargo, en ese momento, todas esas inclemencias ambientales pasaban a elemento amorfo, apenas descriptible. El concepto de Raquel sobrevolaba el escenario y transfería a todo una punzante e incorruptible condición de excepcionalidad y de atractivo. Secretamente sabía que todo ese muñón de realidades abruptas y desagradables, el oído flagelado, la unción grasienta del tímpano o la camisa libando moho grasiento de la pared, se habían convertido en meras vaguedades perdidas en lo abstracto. La integridad de mi atención latía fija en que Ramón repitiera, ni que fuera en el marco de una frase diminuta, el nombre de Raquel. Me reconocía dispuesto a deglutir todo lo que viniera expulsado de su desalmada boca, sólo por oír de nuevo ese nombre.Ni que relatara algo novedoso sobre ella le exigía;ni tan sólo que relatara algo en relación a la chica. Me era suficiente con que volviera a pronunciar ese nombre: Raquel.....

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