viernes, 17 de septiembre de 2010

/91/

Y pues, que esas cosas te pasan cuando eres un crío; te topas de pronto con una imposición radical que inmoviliza y anula tus deseos y te sientes el ser más miserable e indefenso del mundo. Y algo así nos pasaba esa tarde del viento descuartizando el patio. Veíamos nuestro santuario profanado por la tramuntana que escupía cada vez con más fuerza su veneno sobre él y ya sabíamos que nuestros deseos de jugar al fútbol o a lo que fuera, se acababan de arruinar, que ya no podríamos chutar ni hacer nada, y que nuestra media hora de purificación, de encontrarnos encajando, como dos piezas de ranuras iguales, nosotros con nosotros mismos, se perdía en lo que sufríamos que era ya para siempre, porque, niñatos como éramos, nos resultaba imposible asimilar la noción de futuro y de mañana y de un sol de nuevo brillando y de que el mes siguiente será ya otro equinocio y demás rollos y sólo sentíamos que nuestra ilusión se nos descomponía con cada arremetida del viento ante nuestras aún sonrosadas de entusiasmo, narices. Y toda esa frustrante noción de gran No se nos filtraba poco a poco, y notábamos la humidifación en los ojos y la coloración y temperatura en las mejillas que te he contado, pero al poco notábamos también que se nos juntaban por momentos los dientes y que se apretaban con fuerza como si mordiéramos una chuche de 10 centímetros de grosor, imposible de despedazar y después algo similar a la rabia pasaba por el tamiz de nuestra alma de niñatos, y terminaba destilando como una descarga funcional que por momentos nos llenaba de deseos de revolución y de cambiar el mundo para que nunca más los deseos de ningún niñato pudieran verse truncados ni fastidiados por una frase huevo de cualquier RRan o por la impuntualidad de alguien similar al Teu o por la entrada a chorro hacia cualquier patio con porterías, de ninguna tramuntana enloquecida en ninguna parte del mundo...."

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio