miércoles, 22 de septiembre de 2010

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Y todo eso revoloteaba ahí ese día que la tramuntana rezongosa nos acababa de fosilizar nuestra media hora de darle al balón. Y estábamos ahí apiñados, a la puerta del gimnasio, esperando que el Teu viniera de una vez con la llave y nos abriera y pudiéramos entrar a cambiarnos, y sobretodo queríamos poder huir de las salpicaduras de polvo que el viento nos lanzaba a la cara y a los ojos y a los labios, y a través de éstos, en ocasiones, el polvo llegaba en filtraciones amargas de tierra en suspensión, al paladar. Y éramos la clase entera que nos apilábamos ahí, como una masa de todos los colores, y angulosidades y formas y manera de cerrar los ojos y de protegernos de la corriente. Y todo eso pasaba ante la puerta del gimnasio, muy cerca de la mole misma del cole, que nos separaban sólo unos 20 metross, y por esas cosas inexplicables de cuándo no eres más que un crío, nos debía dar pereza o algo reandar ese trecho de nada y poder meternos dentro de las 4 paredes protegidas a aislarnos de los zarandeos del viento, y en vez de hacer eso, preferíamos estar ahí descubiertos y al objetivo de las ráfagas, los unos encima de los otros, encajados los omoplatos de uno con las encías de el que tenía al lado, y las orejas de éste medio apretadas con la nuca del que le quedaba al flanco y las rodillas de éste incrustadas en la espalda de la chica que le precedía en la masa oscilante y grumosa que constituíamos, y así todos con todos, todo el rato, a cada paso de cada minuto, mientras la tramuntana seguía golpeando inmisericorde el patio y las porterías y las líneas que delimitaban la pista y con eso descompaginaba a cada inflexión nuestro deseo de correr y actuar y gritar y evolucionar con balón rodado, que era en lo que queríamos que se concentrara todo el universo y la rotación de las estrellas y de los planetas durante media hora..."

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