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Y bueno, los minutos se iba sucediendo y el Teu no aparecía y seguíamos todos los de la clase ahí como una masa arremolinada, la biología de uno mixturada con la de los que le rodeaban, y el viento seguía soplando a intervalos cada vez más frecuentes y cada vez más iracundos, y las masas de polvo que levantaba eran a cada emulsión de velocidad, más elevadas y más densas y más ocres, de pura tierra granulada, y con ello nuestro santuario de porterías con red, y líneas demarcando y espacio libre por todos lados, se había transformado en un cenagoso averno impractible de grumos y piedras y suciedad, y sin embargo nosotros seguíamos ahí, inexplicablemente, contemplando, con esos misterios de las reacciones infantiles, la ruina, mientras aguantábamos los penetrantes sarpullidos de polvo entrándonos por los ojos y por las comisuras de los labios y por los poros de nuestra piel en estremecimiento, y seguíamos sin irnos ni salvar los escuálidos 20 metros que nos separaban de la expresión construida en sólido que era la mole del edificio del cole, y preferíamos estar así, expuestos a la intemperie azotadora, y de sus esputos de polvo, y de los desagradables y astifinos silbidos del viento, que entrar en el edificio, quizá porqué el edificio con sus gruesas paredes y su inmenso techo gris estriado y mudo, y su silenciosa estampa contra el paisaje petrificado, nos parecía demasiado impersonal y frío y distante, y nos producía recelo y desconfiábamos de él, a pesar de saber que nos aislaria de los fustigamientos desatados de la tramuntana, y del polvo y de las aguijoneantes partículas de tierra que se nos incrustaban en la cara, y preferíamos permanecer ahí, los unos encima de los otros, rotas las delimitaciones, sin saber donde empezaba la rótula de uno, ni donde terminaban las cervicales del que tenías al lado, ni hasta donde se extendía el aliento del de más allá, y éramos todos con uno, y uno con todos, y eso daba a nuestra alma de puro niñato, y a pesar del frío que se nos inyectaba en la cara,una sensación térmicamente agradable, casi ardiente, de amparo y sentido y ubicación y encaje con lo que nos envolvía y con todo lo que se dibujada por delante de nosotros, apretujándose hacia la distante línea del horizonte, y por eso seguro que era que preferíamos continuar a merced del viento desbocado y sufriendo sus acometidas, y prescindíamos totalmente de salvar los esqueléticos 20 metros que nos adentrarían a lo construido, a la protección congelada del edificio mudo y frío ..."

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