martes, 5 de octubre de 2010

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Y fue unos segundos después del chirrioso abrirse metálico de la puerta 20 metros alejada, que salió por ella el Rran con su estampa evadida habitual y su extraña figura toda encorvada en ese instante hacia un lado, por el peso enorme de unas carpetas y unos libros y unos ficheros de carton apilados, que llevaba sujetos debajo del brazo. Y era obvio que se trataba de una carga enorme que le obligaba a abombar el brazo en un ángulo que desde la distancia misma que nos separaba, ya se antojaba dolorosa. Y fue verle aparecer y prescindir todos en bloque del viento, y del espectáculo lacrimoso y deprimente que sobre la pista de nuetras porterias generaba, y fue en muy poco lapso que empezamos a omitir el estado de introspección en que nos habíamos sumido todos, del primero al último de los omoplatos que allí nos congregábamos, y nos centramos en seguir la trayectoria de los avances pediculares del Rran a través del patio, por el que marchaba en una dirección perpendicular a la plantada e inmóvil nuestra. Y talvez fue por el viento que soplaba en opuesto y evitaba la expansión de las acústicas ya reverberando desde nuestra parte hacia dónde él estaba, o por su estado habitual de letargia meditabunda, o por el dolor que forzosamente le debía imprimir esa voluminosa carga de papelería que sostenía inexplicablemente sólo por un brazo, o por el azote del viento que le golpeaba de lleno, o por todo ello en su conjunto, el caso es que el Rran ni reparó en esa masa estratificada horizontal de críos que formábamos ahí consustanciales por momentos a la puerta de madera del gimnasio. Y nos quedamos fijos observándole, nuestros cuellos vueltos en esa dirección y notamos que nuestros ánimos dejaban atrás los momentáneos sorbos de silencio y melancolía y rabia y deseos de llorar por ese viento racheado y violento que nos había polucionado la tarde, y todo eso empezaba a quedar atrás y en su lugar surgía de nuevo la despreocupación cristalina e ingrávida de puros niñatos, y acogimos el cambio con alborozo y con aceleración de latidos, que fue algo se extendió de nuevo por simpatía, en plena reacción en cadena, por cada uno de nosotros, de un cuerpo al otro de todos los que formábamos ese montículo enorme de biologías, que fue como una corriente regeneradora que nos traspasó a todos y los ojos abatidos se colapsaron de golpe para pasar de nuevo a inyectarse en brillo al ver que el Rran avanzaba por el espacio despejado y abierto del patio con la misma lentitud que si lo estuviera haciendo a través de una selva espesa y atiborrada de vegetación, porque es que el viento seguía siendo fortísimo y parecía que se hincaba en todo lo que se hallaba a su paso, también la desgarbada anatomía del Rrran que parecía estar agonizando de lo que le costaba dar cada paso, y que hasta por momentos, daba la impresión que de no ser por esa carga enorme de papeles y carpetas y demás rollos que llevaba bajo el brazo, su figura desaliñada y aproporcionada, con su calva rodancha pura y su rostro perennemente meditabundo y perdido en inasibles ecuaciones de física, habría salido despedida como una mota de polvo más, por encima del tejado estriado del cole, a impulsos de la fuerza atolondrada y sideral del viento de aquella tarde.."

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