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Y permanecimos expectantes y ya actividados de nuevo en nuestros movimientos y en nuestra verbalidad y en el dinamismo de niñatos pristinos como éramos, mientras observábamos la elíptica figura del Rran intentando progresar por un ángulo del patio. Y como el viento seguía racheando desabrido, los movimientos del Tsetsé seguían siendo débiles y dificultosos, como si las mandíbulas invisibles del aire o algo se hubieran hincado y posado en cierre tenaz a lo largo de toda su descompensada anatomía. Y nos encontrábamos así,mirándole fijamente y sin soslayar detalle, con nuestras 100 o 110 pupilas de puro crío todas todo vueltas hacia él y empezando a soltar ya comentarios y frases y muecas casi que en serie y acopladas a un destello naciente de carcajada. Y mientras eso se producía, no cesábamos de lanzarnos miradas incrédulas entre nosotros, porque nos pasmaba mucho que nada de lo que decíamos o de lo en que prorrumpíamos, alcanzara al Rran que, izado en sus historias numéricas y en sus titánicos esfuerzos por avanzar en medio de las lianas invisibles que el aire desplegaba a su alrededor, aún no se había dado cuenta de que estábamos ahí, estratificados los unos en los otros, al lado mismo de la puerta del gimnasio. Y la ceguera del Rran se hacía mucho más abrupta porqué las primeras estribaciones de nosotros se apilaban a no muchos metros de él y de sus agonías motrices, y encima ocupábamos una gran superficie, porque éramos la clase entera la que formábamos ahí, que estoy seguro, que no sé, que hasta se nos podría haber visto desde el espacio con uno de esos satélites rastreadores o algo, porque éramos el global de la clase toda los que estábamos ahí, esqueletizando como un lienzo de formas y colores y sinuosidades mil , y que encima, como te he dicho, habíamos empezado a recobrar ya vida y a emitir plenas muestras de alegría vivífica rehallada, lo que se expresaba en frases y en alambres de carcacajada que lanzábamos sin la menor prevención, en chorro hacia donde el Rran intentaba evolucionar a impulsos de sus movimientos postagónicos y desaliñados. Pero ni por esas él advertía nada de nosotros, ni nuestra presencia ni nuestro hormigueo de reinstalación a los códigos de niñatos sin edulcorar, ni nuestro desentumecimiento anímico, que semejaba en él que todo su foco vital se hubiera olvidado de las especulaciones y de las permutaciones físicas del infinito y se concentrara únicamente en tratar de avanzar por los aledaños de aquel patio de porterías nuestras, violentado por el magma invisible y tóxico del viento...."

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