martes, 2 de agosto de 2011

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Y estaba esa presión de tenazas histéricas de los dedos de Raquel sobre mis manos agitadas, y su mirada, que seguía tomada por la ira, bañada en un todo de rojo sanguinolente. Me dolían los huesos de las manos y los oídos me rechinaban con las frases de los alumnos congregados en aquelarre a mis espaldas; y ante mí seguían petrificados esos ojos de cobra escupidora de la que hasta hacía sólo un lapso, había sido mi sentido en la tierra; y estaban también los retales amputados de mis poemas empujados en deshaucio de caída torva hacia cualquier baldosa fría y opaca y sin sentido del pasillo; y estaba la luz por las ventanas que de improviso, había empezado a ponerse gris y encapotada y mate. Y ante mí seguía el tono chillón de Raquel, enlianándose a ese crescendo de furor rabioso que ahora ya empezaba a resultarme insoportable, repicando cruel a nada de mis orejas y de mis ojos reblandecidos y tomados por las primeras avanzadas hexagonales de humedad: "Pero quieres parar de una vez! Estate quieto, para! Deja de mover los brazos que parece que te estén electrocutando, para, para" que repetía como una autómata alienada. Y quizá fue ese repique de interjección final doblada lo que actuó como aguijón e hizo estallar en un momento, toda la burbuja de atolondramiento y estupor amargo que desde la primera abominación de Raquel se había ido acumulando a mi entorno y que me había sometido inerme, hundido en ese légamo entumecedor que me anulaba la capacidad de reaccionar aún en sus más minúsculos destellos "

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