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"Ah, y también vamos a dejar de acercarnos a la bolera los días en que yo vaya, ¿verdad? Te aseguro que me alteraba no sabes en qué proporciones, cuando al empezar a jugar, a los dos lanzamientos, detectaba a través del brillo del parqueT, tu figura inmóvil y rígida, súbitamente aparecida, allí en lo alto, todo solitario, en medio de la grada sin nadie más que tú, con tus dos ojos fijos,como atornillados a algo sólido, en mí, sin perder detalle de nada de lo que yo hacía, toda sorbida tu fijeza en como me movía, y en cada uno de mis movimientos,que ni seguías la trayectoria de las bolas que lanzaba, que era posar tus ojos en mí y ya no los sacabas, que me producía tanto agobio que lo hicieras, que llegaba a sentir tus pupilas en mí como si fueran una presencia física, como dos pequeñas llamaradas que se me hubieran declarado a la espalda o al cuello o a los muslos o donde fuera; o como si fueran las dos puntas de un arpón que hubiese sido disparado a presión contra mi torso, del cuál ya no me podía desatar, que me seguía a todas partes, inoculando tensión, como si me conectara en una corriente contínua de alimentación, a tu mirada fija y obsesa en mí, una mirada cuya fijeza no soportaba y me producía sensaciones de escozor y urticaria y picadura, de lo cuál sólo me libraba abandonando precipitada la partida y saliendo estridente del recinto de los bolos,,,,A eso de seguirme a la bolera también le vamos a decir adiós de una vez y para siempre, ¿estamos?
-Oh, de lo de la grada en la bolera también se dio cuenta...-me dije a cadencia rota ante esta nueva carga de ántrax que Raquel acababa de lanzarme al rostro. Me costaba sostenerme. Las piernas me flaqueaban y la espalda ya plenamente falciforme, amenazaba con erosionarse por las partes más expuestas de los contactos entre vértebras. Todo yo deseaba huir, pero el azoramiento por la situación me reducía, y me superaba, manteniéndome estático e inerme en el epicentro de aquel vendaval de agresividad desatada que me granizaba. Y ante esa casi carbonizada posibilidad de desengancharme de las baldosas del pasillo, en las que se apoyaban mis pies atenazados, mi cuerpo parecía estar resolviendo encogerse cada vez más, como si quisiera entrar en una espiral retractiva y fulgurante de empequeñecimiento, de reducción, todo yo cada vez más difuso, más poca expresión, cada vez más indetectable a los ojos inyectados en amoniaco de Raquel o a la aglomeración patibularia del pasillo, hasta llegar al estado de cigoto otra vez, y poder reubicarme exhausto, pero salvaguardado e invulnerable al fin, en la oscuridad abrazadora del útero, bajo siete cálidas capas de acogedora piel protectora, lejos de todo aquel tártaro de implacable hostilidad exterior...
-Oh, de lo de la grada en la bolera también se dio cuenta...-me dije a cadencia rota ante esta nueva carga de ántrax que Raquel acababa de lanzarme al rostro. Me costaba sostenerme. Las piernas me flaqueaban y la espalda ya plenamente falciforme, amenazaba con erosionarse por las partes más expuestas de los contactos entre vértebras. Todo yo deseaba huir, pero el azoramiento por la situación me reducía, y me superaba, manteniéndome estático e inerme en el epicentro de aquel vendaval de agresividad desatada que me granizaba. Y ante esa casi carbonizada posibilidad de desengancharme de las baldosas del pasillo, en las que se apoyaban mis pies atenazados, mi cuerpo parecía estar resolviendo encogerse cada vez más, como si quisiera entrar en una espiral retractiva y fulgurante de empequeñecimiento, de reducción, todo yo cada vez más difuso, más poca expresión, cada vez más indetectable a los ojos inyectados en amoniaco de Raquel o a la aglomeración patibularia del pasillo, hasta llegar al estado de cigoto otra vez, y poder reubicarme exhausto, pero salvaguardado e invulnerable al fin, en la oscuridad abrazadora del útero, bajo siete cálidas capas de acogedora piel protectora, lejos de todo aquel tártaro de implacable hostilidad exterior...

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