jueves, 1 de diciembre de 2011

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Dí mis primeros pasos por el recinto del polígono a ritmo indecrecentemente vivo; el lugar se extendía tomado por una calma que no lograba descifrar. Superé varias naves completamente sumergidas en la inactividad, precintadas en su mayoría. Al llegar al primer cruce de calles, a la izquierda, atisbé a lo lejos, una lejana figura de carretilla ámbar evolucionando en movimientos cortos y concéntricos junto a un camión estacionado. Seguí corriendo. Y mi cuerpo respondía; era como si quisiera sumergirme en un ejercicio físico extenuante para evitar ser sepultado por la escena de la Raquel iracunda y mis poemas desmembrados. Superé unas cuantas calles del recinto amodorrado. Ya a media distancia se distinguía la valla metálica que limitaba el polígono por su fondo, y en su detrasía, los grandes chopos erguidos que delimitaban el curso de un torrente. Al verlos inyecté más cadencia de paso. Superé unos dos o tres cruces de calles más. El espacio continuaba tan sujeto al silencio que parecía un recinto abandonado. Al llegar cerca de la última calle, vi que dos excavadoras picoteadas de orín, bloqueaban el paso; estaban allí inconexamente estacionadas, a la intemperie, tomadas ambas por el polvo y la suciedad y el desuso. Pensé en colarme haciendo torsiones por entre los bordes irregulares de sus grandes neumáticos negro-pálidos por el sol, pero desistí de hacerlo y simplemente viré a la derecha enfilando la calle que se desplegaba por ese flanco. A mis lados seguían las extensiones indesusas de las aceras que de vez en cuando, se veían salpicadas por unos decrépitos y lánguidos jardines, fósiles decolorados de verde, de lo que en otro tiempo, tuvo que ser un intento de decoración vegetal. Cuando llegué al final de la vía, giré por inercia a la izquierda,hacia los chopos; lo hice rápido, sin mirar, por instinto, con los ojos bloqueados por el cansancio y la fatiga, sin advertir en nada, el rápido paso rodado de una furgoneta lanzada hacia mi mí interpuesto. Era un trasto desvencijado, ocupado por dos trabajadores en mono azul y el conductor, con el rostro y los ojos súbitamente inyectados en rojo, frenó bruscamente. Yo me quedé plantado delante de la furgoneta, incapaz de reaccionar, subyugado por la sorpresa y durante unas décimas de segundo, mientras la furgoneta lanzaba un alarido angustioso de frenada que pareció conmover hasta el último tornillo del cochambroso vehículo, temí recibir el impacto del capó y salir disparado por los aires. Cerré los ojos y mientras el polígono se entregaba a la estridencia del chirrido de la frenada, apreté entre mis manos, con fuerza intensificada, el trozo remanente de mis versos carbonizados por la incomprensión de Raquel...

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