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Noté como Raquel dejaba de imprimir fuerza a sus dedos, y la presión sobre mis manos decreció acompasadamente. Yo perseveraba moviendo los brazos y al fin, sus pinzamientos dactilares se diluyeron y quedé rebajado de contacto con ella. Percibí con nitidez como sus ojos iban perdiendo la ingente espumeante hostilidad de hacía nada y que un asomo de su mirada de otro mundo, empezaba a despuntar en recobro; pero ya me daba enteramente igual. En ese momento, su belleza de ficción había dejado de latirme. Sólo quería ya huir y poner baldosas y espacio de por medio. En un un último gesto reflejo, me llevé la mano al flequillo, y de entre los amontonamientos de cabello, así un boceto descompuesto de los poemas que Raquel había descuartizado y lanzado al techo del pasillo. Tomé uno de los restos de papel pinzándolo entre mis dedos, y fue sólo entonces cuando me giré y empecé a correr hacia la puerta del final del corredor. Raquel se había quedado apoyada en la pared, sumida en un halo de inactividad pensativa y con mis primeros avances ya nada más me llegó de ella. Al ritmo de mis pasos acrecentándose hacia la salida, percibí como los restos de los poemas que llevaba aún adheridos, iban desprendiéndose, elevándose breves y diseminándose después en lenta caída, por los aledaños del pasillo que iba atravesando. A la vez, con el trote a ritmo rápido imprimido, volví a sentir como las avanzadas de humedad en mis ojos, empezaban a perder agarre y sujeción y resbalaban acanaladas por las estibaciones de mi rostro; mi secuencia de avance era cada vez más viva y pude percibir como algunas de esas expresiones de liquidez lacrimal, salían despedidas lateralmente, como impulsadas por un dispersor subretinal...."

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