domingo, 16 de octubre de 2011

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Sí, tal vez fue eso; ese tono de repunte final redoblado,chillón y metálico que Raquel imprimió al emitir su última frase, lo que diluyó en un chasquido el atolondramiento petrificado que me había tomado, y lo que me condujo a desear huír al momento de aquél horno de tóxica hostilidad en que se había convertido el pasillo. Las manos de Raquel, esas manos que yo había imaginado en tantas secuencias fotográmicas previas, acariciantes y puro algodón resiguiendo las mías, permanecían clavadas por las terminaciones de sus dedos coléricos, a mis palmas anestesiadas aún por los últimos rescoldos de la turbación. Y fue entonces, cuando vencido el pasmo en su fase más dura, y mientras las avanzadas de la sensibilidad volvían a mí, que intenté accionar los brazos en todas direcciones; quería desasirme de Raquel y de sus manos grilletes, y de su mirada exhalante de belladona y del pasillo entero donde mi sensibilidad pisoteada agonizaba lacrimosa; quería librarme de todo aquél escenario de tumulto y desgarro, largarme de ese lugar a todo reguero y huír. Imprimí más agitación a los brazos y las manos de Raquel, siguiendo mis impulsos, empezaron a danzar en extraña composición siguiendo mis movimientos ondulantes, mientras porfiaban por retenerme. Su resistencia persistía pero era más debil cada vez; y como si algo se hubiera roto también en su esfera con los movimientos desacompasados de sus brazos en el elevado, su rostro mudó de golpe, como si saliera en ese momento del bucle de embriaguez colérica en que se había adentrado: laminó súbitamente los labios y al acto, sus frases dejaron de atronar por la prolongación encofrada del pasillo. Entonces, en lo que remitía a un vago destello mate de pudor, se retiró hacia la pared mientras yo notaba como sus manos aligeraban la presión hasta dejarla allanada en una suavidad lindando en la nada...

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