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Con el paso intercalando momentos de intensificación con otros de desplome, fuí llegando a las proximidades de la puerta. Algunas expresiones líquidas emanadas de mis ojos turbados, seguían salpicando con las oscilaciones del trote, las inmediaciones de mi trayectoria zigzagueante. A mis lados, el pasillo congregaba al instituto casi en pleno, una turba de pequeñas unidades desglosadas y estancas en lo físico, pero amalgamadas a una en su ferocidad de alimañas hambrientas de tendones. Las frases con los sintagmas impregnados de curare seguían borboteando con la implacabalidad de una línea de producción,de esas tráqueas regodeándose y relamidas en la depravación, pero por suerte, a mí, de tanta acumulación de ellas convergiendo, me resultaba imposible descifrarlas: a mis atribulados oídos todas aquellas negruzcas exteriorizaciones verbales, no eran más que una cacofonía indesmensajeable, por mucho que no se dieran dudas acerca de su contenido hiriente. Y las carcajadas, que tambíen estaban ahí, pululando superpuestas a las frases y marcándolas a llama, con su unto de burla. Avancé un último trecho. La puerta me quedaba a muy pocos pasos, muy cerca ya. Y fue sólo en ese momento de tener a friccionar el poder abandonar el pasillo, que levanté la cabeza por primera vez desde lo de los poemas descuartizados, y con dificultad, por entre las brumas provocadas por la segregación del lagrimal, pude ver algunos de los rostros ejecutores de las frases y de las risas que tomaban el pasillo en aluvión. Eran todos rostros conocidos, perfectamente identificables, asociados a escenas y a vivencias compartidas y a onomásticas enteramente delimitables, pero para mí, en ese momento, no se habían convertido en más que siniestros espantajos carnívoros, por los que sólo sentía repulsión; repulsión, rechazo y un punto marcado de miedo.....

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