sábado, 12 de noviembre de 2011

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Ahí estaban los rostros de los congregados en las inmediaciones de la puerta, riendo y soltando carcajadas febriles y participando del aquelarre linchante que cercenaba mis pasos balbuceos. Con dificultad, logré situarme a muy pocas baldosas de la puerta y de entre todos los rostros descompuestos por la reacción escarnio en cadena, vi que el del Rasta era el único que no ejercitaba. Su mirada me llegaba concentrada, profunda, puenteante y compasiva. Le lancé un último destello y así el pomo de la puerta. Alguien se movió a mis espaldas y me empujó a un lado, pero agarrado aún al pomo, logré eludir la caída. Me recompuse en verticalidad y tiré hacia atrás de la puerta. Ante mis ojos, como un deslumbre, se abrió el primer rellano interpisos. Era una estructura modesta, pero a mí, en ese momento, me pareció un espacio sin horizontes delimitadores ninguno;casi cegador. Traspasé el umbral y avancé hacia los peldaños; la amalgama equinoide de las carcajadas y los gritos y las frases, se amontonó a mis espaldas, ralentizada su vorágine expansiva por el efecto embudo de la puerta ante tanto volumen deseando superarla. Aceleré el paso y en nada me vi encauzando el primer peldaño. Y entonces imprimí e imprimí y empecé a saltar los espacios gradativos de la escalera de dos en dos, de tres en tres, y a cada tanto, el rellano contiguo, y en cada salto notaba como algo de la tensión por lo del pasillo de los poemas descuartizdos, iba remitiendo, y como la nube tóxica de las frases equinoides que seguían destilando, iba perdiendo densidad, puntería y capacidad de desgarre a mis espaldas...

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