martes, 6 de diciembre de 2011

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El estridente y perforador chirrido de frenada terminó por colapsarse y el lugar volvió a entregarse al silencio. Sólo entonces reabrí los ojos y vi con escalofrío como la parte delantera del guardabarros del vehículo se adentraba unas porciones de milímetro en la avanzada de las sinuosidades de mi pantalón ancho y desajustado; había sido cuestión de centésimas que el coche con los dos trabajadores en mono azul en su apretado interior, no me embistiera y me timbrara corneado hacia las elevaciones de la mañana. Permanecí allí, de pie, paralizado por las ramificaciones angustiosas del momento, ante el vehículo cochambre y la mirada incrédula y reprobatoria de sus dos ocupantes. Entonces, moví remotamente los dedos y constaté la presencia segura en mi mano del despojo con los versos y a su contacto, me logré reasentar un poco en el piso. Y fue sólo en ese momento, pasados los segundos de estupor y parálisis, cuando el conductor del coche desvencejo, con sus ojos inyectados en rojo chillón por los espasmos de la tensión del momento, abrió con gesto violento la puerta de la carrocería, salió de ella y empezó a gritar energúmenamente mientras accionaba los brazos hacia todas direcciones, a la manera de unas aspas enloquecidas de molino:

-Pero niño, ¿se puede saber qué haces? Ha ido de un pelo que no te atropello, animal, más que animal! Que te podía haber enviado al pueblo desde aquí del golpe! ¿Qué haces corriendo por aquí de esta manera? ¿Se puede saber de dónde vienes? ¿Por qué no dices nada, eh? Contesta, contesta!

Sus gritos iban en aumento y ya estaba casi a mi lado; yo continuaba en parálisis, clavado al suelo, y por momentos, viendo su reacción fustigante y su rostro prensado en enfado violento y sus manos accionadas alocadamente en todas direcciones, temí que no me agrediera. Mientras, por la parte intermedia de mi pantalón, lindando con la rodilla, notaba aún el contacto espeluznantemente cercano del capó del coche adosado a mí.

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