martes, 13 de diciembre de 2011

/146/

El hombre del mono azul de pie avanzando a mí, seguía increpándome violento, y yo, superado por momentos, por el cúmulo de situaciones degradantes de aquél día, me mostraba incapaz de reaccionar. Se acercó aún más y casi incrustó su cara hendida por gruesas arrugas en la mía; a mis oídos llegaban perturbadoras sus frases de acento ronco y duro,enormemente agitadas.

-¿Se puede saber qué hacías corriendo de esa manera sin mirar por donde pisabas? Que te podía haber llevado por delante! En menudo lío me habrías metido chaval! Y ¿ por qué no dices nada? Contesta! Y qué hacías por aquí a estas horas? Porqué tú no tienes edad de trabajar, que no eres más que un puto niñato....entonces, ¿qué recovecos hacías corriendo por aquí?¿No te habrás metido en algún despacho para robar algo,no? ¿Eh? Contesta!

Yo aguantaba el chaparrón inmovilizado. Notaba el chorro de timbre del hombre del mono azul como un impacto delimitable físicamente; como si con cada grito me abriese perforaciones momentáneas en la piel del saliente de mi rostro más expuesto a sus energúmenas vociferaciones. Quise salir de estampida, pero me resultaba inviable. Me agarrotaba la turbación y me sentía los pies paralizados. Sin saber qué más hacer, miré hacia el coche de la frenada segante y vi a través de su parabrisas, tomados todos sus laterales por un polvo grueso, al otro trabajador también embutido en un mono azul. El hombre permanecía sentado en el asiento de acompañante, mirándome en un absoluto silencio y sin componer su cuerpo ni su rostro, ninguna de las exteriorizaciones presumibles a un hecho como el que acababa de acaecer; su mirada, inmutable, emanaba una extraña, casi incomprensible, expresión de paz ausente, que en contraste con la violencia de ejecutoria de su compañero de coche cochambroso, no podía resultar más agradecidamente chocante. Luego desvié la mirada y la posé en la mano en la que guardaba aprisionado el boceto de los poemas acribillados por la ira de Raquel. El hombre del mono en azul, reparó en mi gesto y su iracundia se aceleró aún más.


¿Pero me quieres contestar? ¿Y por qué te miras de esa manera la mano? ¿Qué llevas ahí,¿eh? Dime! ¿Qué llevas ahí? Mírame a mí cuándo te hablo, ¿me oyes? Que has estado a punto de arruinarme la vida! Imagínate si te atropello y te matas, la que me cae! Pero quieres dejar de mirarte la mano, y mírame a mí, niñato de las narices, que te estoy hablando....

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio