miércoles, 13 de octubre de 2010

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Y quedó unos instantes así, con tres cuartas partes del cuerpo inclinadas hacia la derecha por el impacto de las tumultuosas ráfagas del viento que desembocaban furibundas en esa ladera de su esqueleto, y a la vez, por el peso de su carga laminar bajo el brazo, mientras con el pie izquierdo suspendido en el aire y moviéndolo en círculos irregulares y aspaventosos, intentaba recobrar suplicante la verticalidad. Y pasaron unos segundos en los que el veredicto a todo eso se dilucidaba por ínfimos centímetros: si el Rran caía aparatosamente al suelo con sus carpetas y sus papeles y su brazo derecho en dolorosa torsión, o bien conseguía equilibrar su grumosa anatomía y restablecía su siempre llena de matices, erguidez. Y había momentos en los que parecía que su caída era inminente y notábamos todos los de la clase que estábamos ahí agolpados a la puerta del gimnasio, como en las cavernosas profundidades de nuestras gargantas, empezaba a borbotear un aliento incontenible de carcajada estentórea que porfiaba por desencadenarse y atronar en la atmósfera tomada por el viento, pero que luego habíamos medio doloridos de reprimir, porque el Rran accionando su pie izquierdo a la manera de las aspas de una turbina acelerada en el aire, conseguía salvar esas situaciones críticas y volver al punto de partida, el de su equilibrio inestable. Y pasaron varias secuencias de este tipo, repitiendo siempre el mismo esquema de una ráfaga situando al Rran y sus pertrechos escritos al borde del colapso contra el suelo, y luego, bajo la égida de los impulsos cada vez más motrices de su pie turbina, la milagrosa recuperación momentánea de eje. Pero el viento azotaba y azotaba y a cada reubicación del Rran seguía indefectiblemente un nuevo puñetazo del aire, y una nueva e inmediata decantación del Rran hacia su babor del cuál acababa hacía nada, de salir. Y nosotros observábamos toda la escena desde nuestra interposición gregaria de niñatos confinados a un mismo perímetro junto a la puerta del gimnasio. Y sentíamos la termicidad cómica de la escena y la agradabilidad de nuestros tejidos entrezurcidos con los del todo, siguiendo las evoluciones de un Rran a merced del viento, pero a la vez nos dolía la garganta al tener que cerrar con más dificultad y lastre cada vez, las compuertas a la carcajada ya condimentada desde nuestros adentros, porque el Rran y su pie belicoso porfiaban y porfiaban y no terminaban de ceder. Y convivíamos en ese vaivén de sensaciones ambivalentes medio ya asentadas en el paisaje, cuándo una ráfaga emergió descontrolada y golpeó al Rran de pleno y con tanta violencia que hasta nos pareció percibir el golpe seco del aire contra los laterales abombados de sus pantalones perpetuamente adscritos al color gris..."

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